miércoles, abril 5



Se acerca el viaje.

Solo nombres de lugares cubiertos por mi dedo, que recorre un mapa de papel.

No me quedan martes por delante ni vuelta atrás.

Bajo la piel me llevo por muy lejos que vaya.

Corto en el tiempo y largo en la memoria.
No es tanto el tópico de buscarse uno mismo como el reencontrarse con facetas sedadas de uno, con preguntas amordazadas, con la asimilación de que no era tan difícil.
No vas a encontrar oro si no entras en el río, no conocerás mejor el paisaje leyendo sobre él.
Sin brújula ni cómplices de viaje.
Sin demasiado tiempo.
Sin prisa alguna.
Conocer gente de la que no sé nada y de la que nada traigo que saber.
Y es que para orientarse, a veces no hay mejor solución que la deriva, el exilio de lo pautado para escucharse un poco.
No habrá nada que no sepas, pero ahora sabrás de qué te sirve.
En algún recoveco encima del estómago se libra esa batalla entre suspense y decisión que siempre antecede a un viaje, una de las formas más sensatas de quererse.
Cámara y libreta.
Corazón y piernas.
Mucha música en dos pulgadas.
Mochila a la espalda y sin reloj.
Con lo que sé y con lo que ignoro cojo rumbo.
Con ganas y ese nervio que, mínimo de vez en cuando debe asaltarte, para no sentir que solo existes, citando a Wilde, sino que también estás vivo.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran