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lunes, diciembre 19

A veces pasa.

Te sientas a escribir, enfrentas el papel, y asumes que el vacío ha conquistado la distancia que separa tus adentros y el lenguaje.

Las palabras, como brújulas locas, zozobran perdidas tentando una orilla a la que parecerse.

Y cualquier punto que rozan, bosqueja un mapa desconocido, una gramática ajena, una foto que al revelarse muestra el paisaje de un lugar que no es el que intentas describir.

A veces pasa.

Que una membrana invisible atora las salidas por las que pensar y sentir salen al mundo hechas palabras.

Y sabes el qué pero extravías el cómo.

Que parece tu piel un espeso telón que no puede abrirse para dejar a la vista aquello invisible y que es más real que el teatro en que nuestro papel es el guión de cómo asumimos lo que hace de nosotros esta mezcla de tragedia, comedia y ficción.

domingo, diciembre 18



A veces me siento, con la mente en blanco a escribir.
Las palabras están como dormidas, calladas, taciturnas, tímidas.
Los pensamientos en vaivén son más rápidos que ellas.
A veces me siento, bolígrafo en mano, papel en los ojos, a esperar que vengan, aunque sea un poco contradictorio esperar algo que no se ha ido, que está ahí pero que no se asoma.
Entonces, como hice otras veces, y como estrategia de la que no debo abusar, comienzo a escribir, por qué no, sobre estos instantes en que te sientas a escribir y las palabras están como ausentes, perplejas, perdidas, como queriendo que el escribir se te ocurra escribiendo, igual que el amor crece amando o que los sueñan se alimentan durmiendo y se persiguen despierto.
Cuando no vienen las palabras quizá, pienso, deba salir a su encuentro escribiendo, por ejemplo, sobre esos días en que las palabras no vienen.
Sabiendo que es posible asimilar que, de cuando en cuando, simplemente, no las hay.

 



Escribir es contarle algo a alguien cuando no hay nadie.
Brindarle un vocabulario al paisaje de pensamientos en vaivén que se suceden bajo la piel, en los dominios de lo invisible, dictados mediante algo que no es del todo una voz, porque transcurre en silencio.
Abrirle las persianas, a lo que de otro modo, habitaría por siempre rincones en los que apenas
da la luz.
Los recuerdos que despertamos.
Las historias que inventamos, basadas en la vida propia o en mundos y transeúntes, cuyos bosquejos surgieron en algún momento de abstracción, de mirada adentro, en que las palabras, como de pronto, como aparecidas por explosión desde la nada, desde un lugar de nosotros en que no sabíamos que estaban, comenzaron a desparramarse en desbandada.
Como un río enloquecido.
Como un rayo de luz.
Como una señal en la niebla.
Escribir es como contarle algo a alguien que aún no está.
Que no sabes quién es, ni en qué cruce del futuro leerá unas líneas escritas en este presente que para entonces será parte del pasado.
Y dejar atrás todo lo que nunca se llega a escribir, todas esas ideas que sin aviso pasan a habitarte durante un suspiro tan fugaz que no llega ni a instante, mientras caminas, mientras avanzas por la carretera, al despertar o en ese letargo que precede al sueño y en el que permaneces en la frontera exacta entre un ser despierto que asimila que se está durmiendo y un ser dormido que antes de serlo del todo piensa que ya lo es. En el que vuelves a engañarte con la idea de que ese principio de novela, ese verso que abre la boca de otros versos no necesita que corras en busca de papel porque mañana va a seguir ahí.
Pero las palabras, siempre traviesas, juegan a esconderse, cuando saben que las buscas, y a invitarse cuando no las llamas.
Escribir es abrir las puertas del infinito al silencio con más vocabulario.
Concatenar ficciones y vivencias con forma de palabras mudas para las que el verbo leer es la metáfora de escuchar si esas palabras tomaran voz.

sábado, octubre 22



Resulta una contradicción que con todo lo que hay dentro, los dedos se queden mudos ante el papel.
A veces las palabras juegan al escondite y cuesta un mundo encontrarlas, darle un sentido o un diccionario a lo que sucede bajo la piel.
Y es extraño que donde ahora contemplas un desierto se expandiera ayer un jardín.
Cuando parece que no cuesta nada la contradicción es otra, pues consigues expresarte pero todas las palabras del mundo son pocas, porque hay algo más inmenso que parece no caber en tu piel.
Ni las palabras de amor son bálsamo para el amor.
Ni las memorias de la tristeza alivian la tristeza.
Ni la alegría en verso es tan grande como la propia alegría.
Siempre se deja algo dentro, como si a medida que añadieras rincones al mapa de tu alma, crecieran los rincones para los que no hay brújula ni guía.
Como si necesitara salir de la jaula del cuerpo , todo lo que grita adentro.
Todo lo que llora.
Todo lo que ríe.
Todo lo que rabia.
Todo lo que baila.
Como si las palabras fueran apenas rasguños, cosquillas, suspiros en la piel de lo inefable.
No sé si entre sequía y sequía hay que preparar los resquicios baldíos para cuando vuelva a llover.
Ignoro cuántos naufragios me esperan mientras me debato entre conjugar escribir como un hábito de buscar las palabras o como una necesidad de encontrarlas.
No sé si los espejos son espejos cuando nadie se mira.
Pero supongo que las estrellas no se apreciarían así si no hubiese espacios vacíos entre ellas.
A veces me siento, con la mente en blanco a escribir.
Las palabras están como dormidas, calladas, taciturnas, tímidas.
Los pensamientos en vaivén son más rápidos que ellas.
A veces me siento, bolígrafo en mano, papel en los ojos, a esperar que vengan, aunque sea un poco contradictorio esperar algo que no se ha ido, que está ahí pero que no se asoma.
Entonces, como hice otras veces, y como estrategia de la que no debo abusar, comienzo a escribir, por qué no, sobre estos instantes en que te sientas a escribir y las palabras están como ausentes, perplejas, perdidas, como queriendo que el escribir se te ocurra escribiendo, igual que el amor crece amando o que los sueñan se alimentan durmiendo y se persiguen despierto.
Cuando no vienen las palabras quizá, pienso, deba salir a su encuentro escribiendo, por ejemplo, sobre esos días en que las palabras no vienen.
Sabiendo que es posible asimilar que, de cuando en cuando, simplemente, no las hay.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran