viernes, julio 21

 


 

Julio Gil - Roldán Rodríguez nace en San Cristóbal de la Laguna en 1980, en el seno de una familia de tradición literaria. Fue lector desde temprana edad y a los 15 años comenzó a escribir. Si bien El azar de una calle cualquiera es su primera publicación editorial, en 2000 escribió la novela El nacimiento del aire, la cual, a día de hoy, ha conseguido recuperar con objeto de corregirla.
Desde 2006 hasta 2015 colaboró como articulista en el periódico Laguna Mensual, desde cuyas páginas comenzó a <<compartir su desnudez>>.
Y también en dicha década podrían fecharse gran parte de los escritos que componen su primera obra publicada.
Escritor de cuentos, relatos cortos y poemas, comienza, con el presente libro, su andadura en la publicación editorial.
Fue durante dos años coordinador de la iniciativa Café con letras, proyecto actualmente congelado pero no desvanecido.
Imparte ocasionalmente clases particulares de Lengua y Literatura Castellana, y es autor del blog Horas de Tinta.
El azar de una calle cualquiera (2016) y Autogeografía (2021) son sus dos títulos publicados hasta la fecha.


 Habrá más de mil momentos como este que no habrán existido nunca.

No habrá rastro en los papeles, en la memoria ni en el tiempo.

Porque no los recordaré.

Leeré esto que por entonces escribí sin saber cuándo ni qué me llevo a hacerlo.

Sin saber entonces  qué pensamiento o incertidumbre, qué velada nostalgia, qué nombre, qué ecuaciones vitales habitan en este instante mi cabeza.

Supondré que fue una noche, porque deduzco que para entonces seguiré con la tendencia de escribir más a esta hora, cuando el ruido se calla, y eso ayuda a que lo que me distrae son más ecos del adentro que sonidos de afuera, donde ahora solo parece existir el telón opaco del cielo.

Algún nombre que viene y va o que no quiere irse, y que no sé si será como los momentos, que al olvidarse, al borrarse del dibujo de la propia historia pasará a no haber existido nunca; si será alguna desventura que para entonces espero haber solucionado, cuando un día lea esto y no recuerde haberlo escrito.

Verano del 23.

No sé si está fecha prenderá luces que alumbren el álbum de fotos mental de lo que es a día de hoy mi vida, aunque ya a estas alturas del cuento, me consta que esos pequeños recuerdos que de cuando en cuando nos visitan desde ningún lugar haciendo escala hacia ningún lugar, más que fechas lo que alumbran son huellas de los pasos de un viaje solo de ida por las épocas de nuestra vida.

Hoy el mundo es inmenso, la vida extraña, y hago funambulismo a tientas sobre el oxímoron de encontrarme perdido.

Es un día raro. Quizá haya miles hasta que un día de pronto lea esto.

Sin saber qué día fue.

Sin reconocerme del todo en mis propias palabras, pero con una sensación similar a cuando tienes el pálpito de conocer de antes caras que antes no has visto nunca.

Ignoramos la mayoría de cosas e instantes precisos que nos hacen ser quien y como somos, y quedan subrayados, como resumen, solo aquellos renglones de la historia de nuestra vida marcados a tinta y fuego, como señales de luz en la bruma del tiempo.

Así que intuyo, solo intuyo porque no tengo pruebas, que mil noches como esta forjaron esa tendencia en mí, a tener noches como esta.

Esta noche de la que no me acordaré cuando un día (probablemente una noche), hojeando y ojeando mis escritos, encuentre estas palabras y haya olvidado que un día  escribí para recordarlas.

Y deduzca que como ahora, en otras probables noches parecidas, noches de insomnio nostálgico y palabras en los dedos, de versos atascados en poemas que no terminan de asomarse, estuve divagando, con la mirada perdida en la nada pensando un poco en todo.

miércoles, julio 19

 

De un tiempo a esta parte no me reconozco transitando por aquí.

Me quedo absorto, más de la cuenta, mirando hipnotizado las pantallas.

Pero lo hago como un acto reflejo, como un ritual cotidiano.

Así es el hábito: cuando lo reconoces ya es hábito.

A veces me inquieta pensar que esto está estudiado, que personas a las que nunca conoceré y para las que no soy más que una suerte de identidad binaria, buscaban conseguir precisamente este tipo de reacción: pasmo, morbo, compulsión, sedación, holograma del ego.

El problema no soy yo, ni eres tú, ni son los demás: el problema somos todos a la vez.

El minuto de gloria.

La fantasía no consciente de que el mundo entero se para a contemplar los fragmentos de la película de nuestra vida

Y al final esto resulta una analogía visual de ese murmullo ininteligible que resulta de muchas conversaciones cruzadas en una multitud. Se reconoce la voz humana o su compendio, pero no se procesa ni una sola palabra.

Pues eso es lo que sucede: es tanta información a la vez que llega un punto en que no retengo ni un detalle.

Porque miro sin ver. Porque oigo sin escuchar.

Porque cuando algo es tan insistente llega un punto en  que deja cerradas las ventanas a la sorpresa.

La muerte de Tina Turner, unos pies en la playa, la comida de ayer, tu perro, tu gato, maestros de todo saliendo de la nada, mi perro, mi gato, mi niño, tu abuela, tu novio, tu novia, vintage, baby step, vida slow, selfie, coaching, “profesiones” acabadas en –er, anglicismos por doquier, procrastinación, yoga, autoayuda, mi perro y tu perro juntos, el mar, el cielo, la noche, la fiesta, gente bailando, esta historia, un paisaje, el rumor dibujando a calco la verdad, las caras poniendo caras (literal y figurado), el atardecer que no contemplamos del todo porque estamos ocupados en correr a decir que estamos frente al atardecer, parejas que interrumpen el no mirarse para tomar una instantánea mirándose, antes de volver a ignorarse de nuevo, disfraces que dejan al descubierto precisamente aquello que desean cubrir, mantras baratos, postverdad, gurús, páginas de arte, algo de cultura………….

Todo a la vez.

Y este párrafo no es más que la primera línea

 

 

 

 

A veces uno merodea, en equilibrio, la frontera exacta entre las ganas de volar y las ganas de sentarse.
Alcanza en ocasiones ese punto frágil, volátil, endeble, en que una simple canción es capaz de emocionarle.
Y ahí, los papeles que emborronas te enseñan que tienes muchas más palabras de las que usas, y que hay mil formas de expresarse más allá del modo en que normalmente te expresas en el mundo cotidiano, donde el tiempo es más rápido que las manos, donde repartes en dosis exactas el amar la vida mucho y no entenderla apenas.
Donde todo va tan aprisa que a veces parece, que los ojos solo tienen tiempo para ver el rastro de luz presente de estrellas que ya fueron.
Y en ese punto exacto en que eres tan capaz de arrancarte a cantar como de emocionarte en silencio, es donde el simple hecho de estar vivo, la simple mirada en el espejo duda entre decir estoy aquí o preguntarlo.
Y es entonces cuando escribes sin pensar, como poseído porque parece que es la necesidad de escribir la que te piensa.
De que algo sin nombre preciso late adentro y estos instantes quizá no sean más que pausas en que te paras a escucharlos.
Entonces todo son preguntas, asombros y extrañezas abiertas, como rendijas por las que se cuela una luz que apunta sobre aquello que nunca te paras a pensar.
En aquello que tienes y aprecias poco porque te has acostumbrado a tenerlo, a que esté.
Quizá no hay peor veneno para el asombro que el hábito, ni peor ceguera para las pequeñas cosas que, con el tiempo, dejar de verlas enormes.
La clave, dicen, está en los detalles, en los matices, y de tanto verlos dejamos de verlos, perdiendo de vista, quizá el más importante, que es la certeza de que tenemos que alimentar la gratitud.

 

A veces tiene uno la noción de estar situado en medio de la vida sin entender nada.

Como si lo hubieran dejado a la deriva en medio de un planeta extraño. Sin instrucciones ni mapa.

Mira alrededor y percibe en los de siempre no solo todos los gestos y palabras familiares que los hace ser gente cercana, viejos conocidos, sino precisamente aquello que los hace extraños, seres con corazas y profundidades de los que  uno se da cuenta que sabe más bien poco.

Transita por las calles cotidianas como por un lugar extraño, ajeno al inventario de cosas en su sitio, y no son las calles ni lugares, sino la sensación de percibir que no habías visto cuanto de extraño tiene todo lo normal.

Extraño, sí, que todo camine como un reloj preciso dando vueltas en círculo y no haya una pausa, un atisbo al menos de alarma, de inquietud, de secreta insurrección, con el que uno encuentre otra forma, una opción disyuntiva, con que pasar por la existencia.

Nacer, crecer, pasar, morir.

Es algo que sabes todos los días pero que sólo recuerdas algunos como hoy: que no hay más que esta vida y te preguntas si es la que habías imaginado.

Y no se trata de tener lo que no tienes, ni amoldarse a las reglas no escritas de propia realización, porque hay quien tiene todo eso y también busca un sentido, una búsqueda no saciada de algo más.

No es el trabajo, no es el dinero, no es el amor, no es la saciedad de comodidades convertidas en necesidades con que tapar carencias.

Es como salirse de la rueda y verla girar desde fuera, pero con uno dentro.

 

Acabas de irte.

Me quedo solo. Pero no es la simple soledad de que no haya nadie más.

Digamos que me quedo más solo que solo. Como si la soledad (no sé si repetir una palabra más veces la hace más descriptiva) tuviera grados.

Me quedo con esa sensación de que escribir todo esto no habría sido necesario si lo que las palabras, torpe y vagamente, intentan ahora, al menos explicar un poco, hubiera salido, hubiera abierto de par en par el telón de mi piel, la niebla de mi voz.

La rapidez con que a veces deseo poder haber dicho antes lo que escribo después.

Tiendo a  darme cuenta tarde de las cosas, quizá no demasiado, pero si lo suficiente, como para que hayan dejado de ser las cosas y sean solo su recuerdo, la conjetura de lo que pudo haber sido de no haber no podido ser.

Ahora que aún tu silueta es un dibujo nítido que se atenúa calle abajo, que el mundo, el Universo, el tiempo, se han reducido a la perspectiva de mi ventana, todavía es pronto para echarte de menos y tarde para decirte que vuelvas cuando ya pasó ese momento fugaz en que debí decirte no te vayas.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran