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viernes, julio 21

 Habrá más de mil momentos como este que no habrán existido nunca.

No habrá rastro en los papeles, en la memoria ni en el tiempo.

Porque no los recordaré.

Leeré esto que por entonces escribí sin saber cuándo ni qué me llevo a hacerlo.

Sin saber entonces  qué pensamiento o incertidumbre, qué velada nostalgia, qué nombre, qué ecuaciones vitales habitan en este instante mi cabeza.

Supondré que fue una noche, porque deduzco que para entonces seguiré con la tendencia de escribir más a esta hora, cuando el ruido se calla, y eso ayuda a que lo que me distrae son más ecos del adentro que sonidos de afuera, donde ahora solo parece existir el telón opaco del cielo.

Algún nombre que viene y va o que no quiere irse, y que no sé si será como los momentos, que al olvidarse, al borrarse del dibujo de la propia historia pasará a no haber existido nunca; si será alguna desventura que para entonces espero haber solucionado, cuando un día lea esto y no recuerde haberlo escrito.

Verano del 23.

No sé si está fecha prenderá luces que alumbren el álbum de fotos mental de lo que es a día de hoy mi vida, aunque ya a estas alturas del cuento, me consta que esos pequeños recuerdos que de cuando en cuando nos visitan desde ningún lugar haciendo escala hacia ningún lugar, más que fechas lo que alumbran son huellas de los pasos de un viaje solo de ida por las épocas de nuestra vida.

Hoy el mundo es inmenso, la vida extraña, y hago funambulismo a tientas sobre el oxímoron de encontrarme perdido.

Es un día raro. Quizá haya miles hasta que un día de pronto lea esto.

Sin saber qué día fue.

Sin reconocerme del todo en mis propias palabras, pero con una sensación similar a cuando tienes el pálpito de conocer de antes caras que antes no has visto nunca.

Ignoramos la mayoría de cosas e instantes precisos que nos hacen ser quien y como somos, y quedan subrayados, como resumen, solo aquellos renglones de la historia de nuestra vida marcados a tinta y fuego, como señales de luz en la bruma del tiempo.

Así que intuyo, solo intuyo porque no tengo pruebas, que mil noches como esta forjaron esa tendencia en mí, a tener noches como esta.

Esta noche de la que no me acordaré cuando un día (probablemente una noche), hojeando y ojeando mis escritos, encuentre estas palabras y haya olvidado que un día  escribí para recordarlas.

Y deduzca que como ahora, en otras probables noches parecidas, noches de insomnio nostálgico y palabras en los dedos, de versos atascados en poemas que no terminan de asomarse, estuve divagando, con la mirada perdida en la nada pensando un poco en todo.

miércoles, julio 19

 

A veces uno merodea, en equilibrio, la frontera exacta entre las ganas de volar y las ganas de sentarse.
Alcanza en ocasiones ese punto frágil, volátil, endeble, en que una simple canción es capaz de emocionarle.
Y ahí, los papeles que emborronas te enseñan que tienes muchas más palabras de las que usas, y que hay mil formas de expresarse más allá del modo en que normalmente te expresas en el mundo cotidiano, donde el tiempo es más rápido que las manos, donde repartes en dosis exactas el amar la vida mucho y no entenderla apenas.
Donde todo va tan aprisa que a veces parece, que los ojos solo tienen tiempo para ver el rastro de luz presente de estrellas que ya fueron.
Y en ese punto exacto en que eres tan capaz de arrancarte a cantar como de emocionarte en silencio, es donde el simple hecho de estar vivo, la simple mirada en el espejo duda entre decir estoy aquí o preguntarlo.
Y es entonces cuando escribes sin pensar, como poseído porque parece que es la necesidad de escribir la que te piensa.
De que algo sin nombre preciso late adentro y estos instantes quizá no sean más que pausas en que te paras a escucharlos.
Entonces todo son preguntas, asombros y extrañezas abiertas, como rendijas por las que se cuela una luz que apunta sobre aquello que nunca te paras a pensar.
En aquello que tienes y aprecias poco porque te has acostumbrado a tenerlo, a que esté.
Quizá no hay peor veneno para el asombro que el hábito, ni peor ceguera para las pequeñas cosas que, con el tiempo, dejar de verlas enormes.
La clave, dicen, está en los detalles, en los matices, y de tanto verlos dejamos de verlos, perdiendo de vista, quizá el más importante, que es la certeza de que tenemos que alimentar la gratitud.

 

A veces tiene uno la noción de estar situado en medio de la vida sin entender nada.

Como si lo hubieran dejado a la deriva en medio de un planeta extraño. Sin instrucciones ni mapa.

Mira alrededor y percibe en los de siempre no solo todos los gestos y palabras familiares que los hace ser gente cercana, viejos conocidos, sino precisamente aquello que los hace extraños, seres con corazas y profundidades de los que  uno se da cuenta que sabe más bien poco.

Transita por las calles cotidianas como por un lugar extraño, ajeno al inventario de cosas en su sitio, y no son las calles ni lugares, sino la sensación de percibir que no habías visto cuanto de extraño tiene todo lo normal.

Extraño, sí, que todo camine como un reloj preciso dando vueltas en círculo y no haya una pausa, un atisbo al menos de alarma, de inquietud, de secreta insurrección, con el que uno encuentre otra forma, una opción disyuntiva, con que pasar por la existencia.

Nacer, crecer, pasar, morir.

Es algo que sabes todos los días pero que sólo recuerdas algunos como hoy: que no hay más que esta vida y te preguntas si es la que habías imaginado.

Y no se trata de tener lo que no tienes, ni amoldarse a las reglas no escritas de propia realización, porque hay quien tiene todo eso y también busca un sentido, una búsqueda no saciada de algo más.

No es el trabajo, no es el dinero, no es el amor, no es la saciedad de comodidades convertidas en necesidades con que tapar carencias.

Es como salirse de la rueda y verla girar desde fuera, pero con uno dentro.

 

Acabas de irte.

Me quedo solo. Pero no es la simple soledad de que no haya nadie más.

Digamos que me quedo más solo que solo. Como si la soledad (no sé si repetir una palabra más veces la hace más descriptiva) tuviera grados.

Me quedo con esa sensación de que escribir todo esto no habría sido necesario si lo que las palabras, torpe y vagamente, intentan ahora, al menos explicar un poco, hubiera salido, hubiera abierto de par en par el telón de mi piel, la niebla de mi voz.

La rapidez con que a veces deseo poder haber dicho antes lo que escribo después.

Tiendo a  darme cuenta tarde de las cosas, quizá no demasiado, pero si lo suficiente, como para que hayan dejado de ser las cosas y sean solo su recuerdo, la conjetura de lo que pudo haber sido de no haber no podido ser.

Ahora que aún tu silueta es un dibujo nítido que se atenúa calle abajo, que el mundo, el Universo, el tiempo, se han reducido a la perspectiva de mi ventana, todavía es pronto para echarte de menos y tarde para decirte que vuelvas cuando ya pasó ese momento fugaz en que debí decirte no te vayas.

miércoles, diciembre 21

 Siempre el vocabulario fue más afín a mis dedos que a mi lengua. Y cambiaría, créeme que cambiaría, quemaría, borraría, negaría, cada verso escrito por toda frase que no supe decir a tiempo.

Créeme que cambiaría el papel por tus oídos, pero tus oídos no siempre estaban cerca, junto a mi cama o dentro de esa gaveta donde encuentro todas las cosas que han desaparecido.

Y muchas veces frunces el ceño ante las palabras que dicen lo mismo con otras palabras que te parecen tan bellas cuando las lees.

Para los ojos vendados, la desnudez no existe.

El pasado es una pieza del futuro. Y no siempre encaja. No siempre a lo aprendido le llega el momento de descubrirse, no siempre lo que perdiste se perdió del todo.


Atesoramos una enorme cantidad de materia alimento de la nada. Con el tiempo es el polvo sedentario su habitante más asiduo.

Objetos a los que les va sobrando más espacio a medida que se borran de la memoria.

Y no es más que la nostalgia de lo que vamos dejando de ser para confirmarnos cada cierto tiempo que seguimos siéndolo, como trucos que tenemos para recuperar todos esos recuerdos que no podemos cargar a la vez porque nos saturaríamos.

Abro aquel cajón y aparecen, sobre papel mate, fotografías de un ayer muy ayer; bajo esa vieja manta tuve mis primeros sueños; sobre esta mesa escribí algún día, sin saber que hoy escribiría sobre un día en que escribí, renglones olvidados cuya certeza es una mancha de tinta sobre la madera.

Cuadros, fotos, la entrada de un teatro que ya no existe, promesas cuya eternidad naufragó en un mar demasiado ancho como para unir dos orillas. Y es que a veces no hay distancia más vasta que el propio tiempo transcurrido.

Olores, el dardo más preciso de los recuerdos, canciones como mapa de una época, aquel libro al que guardas un afecto especial porque encerraba justo lo que en un momento dado necesitabas leer, y compruebas que tarde o temprano los fantasmas pueden vivir reconciliados con las alegrías.

lunes, diciembre 19





Me resisto a pasar por la vida sin hacer el más mínimo ruido.

Y escribir no es otra cosa que mi forma de romper el silencio.

Asumo que seré cuando me vaya no más que una mota de polvo, un suspiro cósmico, un milímetro apenas de una de las piezas infinitas que se diluyen, como bruma transitoria, sin llegar de ningún lado y despareciendo como lo que nunca estuvo, en el olvido de la historia.

No hay pretensión ni esperanza de que mis palabras rebasen los límites de mi espacio en el tiempo, pues no soy más que una forma propia irrepetible (como tú, como todos) de ser algo parecido a lo que tantos otros fueron.

Un buscador de sentidos.

Un arrendador de mi cuerpo para que ocasionalmente se aloje la pereza.

Un poeta.

Un caminante sin brújula en atajos de norte perdido.

Mis sueños ya fueron de otros, pero esta es la única vez que los soñaré yo.

Viviré las cosas que otros ya vivieron, pero jamás en el mismo momento en que se viven las cosas.

Los dardos del azar ya dejaron cicatrices antes, pero esta es la única vez en que se adosan a los moldes de mi adentro.

Heredamos las preguntas de siempre con los ojos del nunca.

Mis recuerdos en cambio no se repitieron jamás en otra memoria, y nadie sin ser yo, podrá jugar con ellos. Mirarlos, mimarlos, querer que vuelvan, desear que se vayan.

Convertirlos en escritura…

Y sin embargo son tantas las veces, en que a pesar de saber todo esto, parece que viviera más como quien lo ha olvidado que como quien lo recuerda.

Y se deja llevar por esa tendencia a no dejarse simplemente llevar.

Y se deja noquear por la resignación ante la idea de que esto es simplemente un tránsito entre dos silencios.

No es ya tanto, te digo, por pensar que el futuro después de ti pueda esquivar tu huella, sino por decirte a ti mismo que hay algo ahí dentro.

Que hay alguien dentro.

Algo más que un mero latido de obsolescencia programada, un sobresalto que eluda la sensación de línea recta.




La oportunidad de intentar parecerte a esas frases y tópicos que disparas con la esperanza inconsciente de que por decirlas queden más cerca.

Y esto pasa.

Pregúntate aunque no entiendas.

Asómbrate aunque te acostumbres.

Deja algún escudo en tregua, algún resquicio de la corteza abierto a la opción de emocionarte.

De no conformarte.

De dudar.

De no dejar de querer aprender

Así sabrás, no solo que vives.

Si no que estás vivo.

Que aunque parece lo mismo, no lo es.

domingo, diciembre 18



A veces, simplemente, se cierran las persianas. Sin previo chirrido de bisagras que lo anuncie.
Por algún resquicio de luz adivinas lo que hay afuera. Ves las pancartas nuevas que anuncian viejos tópicos sobre amor propio y ajeno, sobre amigos, sobre el tiempo, sobre la vida como un tren.
Divisas los jardines que parecen a una distancia mucho mayor que el grosor de una ventana, tan claros y tan lejos, como las estrellas. Pero hoy el olor no llega adentro para poblar los rincones.
Y da igual que adornes tus muros y fachadas de vivos colores, de frases que no practicas.
De lemas de los que no eres profeta y que solo delatan el deseo de serlo, o al menos la expectativa de predicarlo aunque sea un poco, para ser el primero en creerlo.
A veces, simplemente, las cosas están ahí, y lo que se hace polvo son las manos al intentar asirlas.
Y quieres salir a ser parte de aquello que ves tras el cristal, y descubres que también la puerta está reticente a abrirse.
Y sabes lo que tienes que hacer resolviendo la ecuación cuya solución es despertarse… volar… correr… .
Y te percatas de que ahora son las fuerzas las que se han echado a dormir.
Porque sí. Porque a veces también ellas, necesitan descansar.
Y no está mal decirlo sin alarmas.
Sin miedo a que nadie gire la cabeza para no intuir aquello que alguna vez sintió ventanas adentro.
Que igual que hay días que las soluciones arrojan luz antes de pensarlas, hay otros en que las nubes pesan, en que las palabras son torpes al bailar porque no encuentran música.
Hay días en que la propia biografía parece la novela que escribió un extraño, en que hay un hilo que corta el aire que articula las palabras.
Y no pasa nada.
No pasa nada por permitirte treguas, por despojarte un tanto de la obligación del mensaje preciso, de la palabra correcta, de la expresión con que le buscas un diccionario a lo inefable.
No pasa nada por no entender a veces las cosas, o por no conseguir encontrarles el lenguaje con que describirlas, con que amortiguarlas, con que darles voz.


Hoy estuvimos hablando de ti, de como pasa el tiempo (sobre todo para los que se quedan).
Hoy hablamos de tu casa de aquí, del pasillo que es la imagen inherente en mi memoria a la palabra infancia.
Aún me siento tentado a tocar la ventana al pasar por Anchieta 6, a ver si el tiempo fue solo un sueño y al despertarme me abres la puerta.
Hoy hablamos de tu ciudad, de la que tanto nos contaste entonces, esa ciudad que para nosotros es más un estado del alma que un entramado de calles.
Esa ciudad de la que trajiste, tus fotos, tu alma, tus recuerdos de una infancia que yo siempre imaginé en blanco y negro.
Hoy estuvimos hablando de ti, y como un acto reflejo emocional, mi memoria corrió a abrir las gavetas de los recuerdos dormidos, en el patio en que cuando pequeño descubrí lo que era la imaginación, aunque solo años después supe que tenía ese nombre.
El escenario de mis castillos, de mis barcos piratas, un páramo infinito, un muro a diez metros que parecía el horizonte.
Hoy estuvimos hablando de ti.
De como pasa el tiempo.
Y una foto del lugar al que siempre acudo, como a un santuario, como un ritual secreto, cuando vuelvo a tu ciudad, ha despertado en mí, las ganas de escribirte.
La necesidad de escribirte.
Y es como la sensación que tengo al pasar por tu ventana.
La sensación de que aunque no estés, como que tengo que pasar a saludarte.

 Cada día que pasa quizá tiendo más a fingirme menos.

No puedo negar que a veces, como a todos, se me escapa una postura, un saber estar aunque no esté del todo.
Y quizá mi silencio, aunque a veces se deba a un letargo de las palabras, es más propenso a la aceptación de que no tengo nada que decir en ese momento.
Y quizá mis respuestas se parezcan más a lo que pienso aunque, de corazón, desearía pensar distinto.
A veces maquillo la distancia como paso del tiempo y me complico al distraerse la idea de que es simple y llanamente distancia.
A veces mis palabras corren más que yo y al alcanzarlas descubro que se parecen más a lo que pienso que a lo que, a mi pesar, querría pensar.
Quizá comienzo a aprender a descoser los disfraces, a descorrer los telones entre adentro y afuera.
No hay más.
A veces no hay más.
No hay misterio en los silencios ni entrelíneas en las palabras.
Quizá lo que transmito no tiene un más allá.
Algo no me conmueve y no me muestro conmovido.
Algo no me trae de mis ensueños porque la voz no me convence más que los ensueños.
A veces la alegría se nota porque no hay más que alegría.
A veces la apatía se delata en mi gesto, porque simplemente no hay ánimo, aunque no siempre, pero sí más a veces que antes.
A veces no basta el recuerdo en común si solo hago yo por saber de ti.
Y me cansa.
Pero no me derrota.
Aprendo a prescindir de lo que no está presente.
A mirar de cerca la certeza de lo que se aleja.
De que no echo de menos lo que no siento echar de menos, diluyendo mitos y pedestales de lo que me repetí como imprescindible.
A veces me sorprende la facilidad para vivir con cuánto me da igual lo que creía fundamental, y la nostalgia otrora sobreestimada de cosas sin las que antes creía que me costaría más vivir.
Mi religión es el recuerdo, y ahí guardo los altares de las caras que volví sagradas.
Quizá no estoy espeso, es que no tengo más que decir.
Quizá me alegra verte, y mis palabras son sinceras, pero, de lo contrario, no pasa nada.
Hay que regar este ahora para tener recuerdos que revolver mañana.
Porque los de siempre ya no conmueven los resquicios ni las ascuas que quedan prenden llamas.

 Me enervan los flecos por cortar, las puertas entreabiertas, los umbrales en que no estás ni del todo dentro ni del todo fuera, a medias en algo y sin los dos pies del todo aquí o del todo allá.

Me abruma sentir la totalidad de lo incompleto, los matices indecisos entre un color y otro, las palabras insuficientes y los silencios excesivos, lo que parece y no termina de ser, lo que es y no termina de estar.

Me dejan más frío los abrazos que no abrasan, las llamas sin luz, el conformismo que disfraza la ilusión de la felicidad, los puentes que tiemblan y no terminan o de quedarse firmes, para pasar, o de derrumbarse, para saltar.

Me dejan mudo, los oídos ciegos, los ojos que quitan la mirada para no escuchar, las preguntas que no esperan respuesta sino que quieren confirmar las ideas que traen.

Me resisto a que cierren el paso las heridas abiertas, a que el ruido se coma la música, a que las brújulas se obstinen en un norte y dejen de mirar, como sale el sol.

sábado, octubre 22



En los trazos de tu historia hay resquicios rasgados por el olvido.
También eres las cosas que no recuerdas, las líneas que delatan las grietas que separan las piezas de un puzzle.
No puedes explicar del todo ser tú, porque también hay cosas que te hacen serlo entre aquello que ya no sabes.
Te vales de fotos, algún poema y letras de canciones, te orientas usando como puntos cardinales los rostros que te despiertan recuerdos en común.
Las huellas de un tiempo que ya no está, son también señales de que el tiempo pasa y vuelve sin irse.
Se queda y pasas tú.
La memoria es el dibujo sobre el papel que al llegar traías en blanco.
El retrato a trazos intermitentes de lo que te ocurre y de lo que haces.
De lo invisible y lo palpable que te hace ser tú.

martes, junio 29

 A veces, simplemente, se cierran las persianas. Sin previo chirrido de bisagras que lo anuncie.

Por algún resquicio de luz adivinas lo que hay afuera. Ves las pancartas nuevas que anuncian viejos tópicos sobre amor propio y ajeno, sobre amigos, sobre el tiempo, sobre la vida como un tren.

Divisas los jardines que  parecen a una distancia mucho mayor que el grosor de una ventana, tan claros y tan lejos, como las estrellas. Pero hoy el olor no llega adentro para poblar los rincones.

Y da igual que adornes tus muros y fachadas de vivos colores, de frases que no practicas.

De lemas de los que no eres profeta y que solo delatan el deseo de serlo, o al menos la expectativa de predicarlo aunque sea un poco, para ser el primero en creerlo.

A veces, simplemente, las cosas están ahí, y lo que se hace polvo son las manos al intentar asirlas.

Y quieres salir a ser parte de aquello que ves tras el cristal, y descubres que también la puerta está reticente a abrirse.

Y sabes lo que tienes que hacer resolviendo la ecuación cuya solución es despertarse… volar… correr… . 

Y te percatas de que ahora son las fuerzas las que se han echado a dormir.

Porque sí. Porque a veces también ellas, necesitan descansar.

Y no está mal decirlo sin alarmas.

Sin miedo a que nadie gire la cabeza para no intuir aquello que alguna vez sintió ventanas adentro.

Que igual que hay días que las soluciones arrojan luz antes de pensarlas, hay otros en que las nubes pesan, en que las palabras son torpes al bailar porque no encuentran música.

Hay días en que la propia biografía parece la novela que escribió un extraño, en que hay un hilo que corta el aire que articula las palabras.

Y no pasa nada.

No pasa nada por permitirte treguas, por despojarte un tanto de la obligación del mensaje preciso, de la palabra correcta, de la expresión con que le buscas un diccionario a lo inefable.

No pasa nada por no entender a veces las cosas, o por no conseguir encontrarles el lenguaje con que describirlas, con que amortiguarlas, con que darles voz.

viernes, marzo 9

Tu cabeza es como tu casa: cuando la ordenas parece otra.
Basta abrir algunas ventanas para que el aire parezca distinto. Sucede que en invierno, lo que se cuela es el frío.
Te encaprichas con trastos que guardas como con recuerdos que te despojan de sitio para otras cosas. Cuanto más tiempo pasa, más gruesa es la corteza de polvo que las cubre, y más tardas en limpiarlas.
En tu cabeza, como en tu casa, entra quien tú dejas entrar, pero a veces, por insistencia, como a uno de esos vendedores obstinados, terminas por abrir la puerta.
Les invitas a tomar algo y un rato se convierte en una época.
Hay aromas que se aferran a las paredes y que solo se desprenden con aromas más fuertes. Hay sonidos que, como fantasmas, reverberan hasta que cambias la música que te pones para recoger, para leer, para dormir, para después de despertarte, conseguir además levantarte.
Tu hogar no es un sitio, sino un estado que llevas dentro, como tu cabeza que llevas siempre, y que no cambia porque la cambies de lugar.
Anoche arreglamos el mundo.
Será que como olvidamos haberlo arreglado ahora vemos el mundo igual.
O es que el cambio se acabó al dormirnos y durante el sueño, todo volvió a como era.
Solucionamos toda guerra, solventamos toda deuda, despejamos toda duda, abrimos las gavetas de todos los silencios, confesamos pecados y glorias, espinas que quedaron de las rosas ya extinguidas.
Y es que no por mucho trasnochar amanece más tarde, ni es forzosamente pronto la primera luz del alba.
Anoche fueron dulces todas las certezas.
Prometimos lo improbable porque lo imposible no debe prometerse, resolvimos todas las incógnitas de toda ecuación no resuelta.
Anoche fuimos invencibles, soñadores de un mañana sin fin, elocuentes oradores de una filosofía infalible.
Moralejas felices de fábulas de bar.
Anoche fuimos música y baile, poetas y profetas, sed y saciedad.
Anoche cambiamos el mundo.
Y ahora que suena el teléfono y todo parece la vivencia de una vida remota, que las lagunas diluyen en el olvido eslabones entre recuerdos sueltos, ahora es aún pronto para saber hasta qué punto seremos nosotros a los que ha cambiado, o no, este mundo que, al menos a simple vista, parece seguir igual.
A la hora de la verdad, hay tanto que es mentira.
Las promesas de estar que luego no están si no es para brindar, los cuenta conmigo pero justo ahora me coges en mal momento para contar, los abrazos que se vuelven hologramas, lo incondicional cuya condición es que mantengas el humor al que acostumbras.
La demagogia empática de la red social que fuera de las pantallas se vuelve humo.
La multitud que corre junta bajo el sol y se guarece al primer atisbo de lluvia.
Ojalá todos los versos fueran happy ending, atracón de perdices, un atreverse a preguntar un simple qué tal, sin miedo a que la respuesta sea un no tan bien como otros días.
Lo mejor son las sorpresas de quien no esperabas, lo peor, el silencio donde esperabas una voz.

lunes, marzo 5

CLUSTER HEADACHE
Parece que el pecho es espacio insuficiente y entonces el corazón busca para latir la sien, y de la sien una vena ínfima se convierte en un río inmenso donde las pulsaciones son una corriente imparable y atronadora que arrastra pesadas piedras como agujas desde el pómulo hasta el cuello.
Y ahí, como un eco grave y lento en irse resiste los embistes del oxígeno y la química, los poco poéticos nombres de triptanos y melatoninas.
El silogismo es a la lógica lo que la ecuación a la matemática.
Todo está hecho de tiempo.
Y el tiempo se va.
Por tanto si el dolor está hecho de tiempo.
Entonces el dolor se va.
Porque ya se fue otras veces.

sábado, marzo 3

Que bello sería contigo.
Pero sabes qué.
Puede ser bello sin ti.
Mientras preguntas la vida vuela, mientras respondes se diluyen las horas.
Ya sé que en esta estación no será.
 Lo que ignoro, con una incertidumbre indolora, es si habrá otra estación.
Si al buscarte, por encontrarte me pierdo, si al recordarte de mí me olvido, creo que no viajaremos muy lejos.
Y no se trata de esa falsa vanidad compensatoria del tú te lo pierdes, ni de un sentimiento sedado. Es más bien que las alas se mustian de estar quietas, que de tanto obviar la prisa, acabe por habitarnos la pereza.
Que bello todo el papel que ocupas.
Pero sabes qué.
No quiero  dejar demasiado por descubrir en las entrelíneas.
Porque no se puede pasar página y romper algo del todo, si no dejas de escribirlo.
Llega un momento en que esperar se vuelve restarle horas al futuro.
La contraindicación de las líneas paralelas es que pueden seguirse hasta el infinito sin cruzarse jamás.
A los extremos al menos, los une una línea, aunque también esta línea, sea una ilusión.
No voy a transigir con mi amor propio.
Ni a hacer de adorarte mi religión.

domingo, septiembre 3


No te conozco.
No me conoces.
Ahora soy solo letras, y tú unos ojos que leen, y dentro de esos ojos un mundo que puede no rozar siquiera la órbita del andar de ese mundo que también yo soy fuera de las letras. Quizás mañana, quizás nunca, nos crucemos en el azar de una calle cualquiera sin saber que somos nosotros: yo esas letras que no aparento; tú esos ojos que nunca he visto.
Aunque me leas ahora, siempre será inevitable que yo escribí antes. Pero eso no importa, porque aquí no hay tiempo. En este instante estamos unidos por las palabras, luego la vida sigue.
Da igual que vuelen segundos, que dancen las horas, que el tiempo inmenso se atenúe… cuando leas esto, estaremos hablando tú y yo. Estaremos hablando en silencio. Da igual que no nos reconozcamos mañana, que nunca sepamos quienes somos, que jamás nos crucemos.
Quizá sea mejor así. Sin tú saber si yo sería ese rostro inquieto que busca escaparates de cosas que no se compran, o ese hombre sentado en un banco esperando a la esperanza, puede que ese andar precipitado que siempre llega tarde a ninguna parte. O tal vez quien te ha pedido la hora hace unos minutos.
Quizá sea mejor así. Sin yo saber, si eres acaso ese cabello negro cuyo paraguas le ha robado el viento, o ese rostro aún por despertar que me mira
sin verme, o simplemente, nadie con quien me vaya a cruzar esta tarde de otoño.
Da igual mientras leas esto, no importa que sea después, mañana o entonces.
Da igual dónde esté yo, que no sepa que ahora me lees, da igual cuál
de todos esos mundos que se cruzan en el azar de una calle cualquiera.
No habremos eliminado el tiempo, pero lo habremos engañado, distraído
al menos un poco, porque siempre que leas esto, lo estarás leyendo
en este instante.

El problema quizá está ahí.
Cada día que vives es el primero.
Y no quiero venderte el carpe diem, ni manuales de como quererte más o de cómo llenar tu vida.
Ejemplo de nada soy, solo de que es posible ( casi siempre también yo lo olvido), vivir en otra piel.
Y sabes que es verdad a medias que solo exista el presente.
Porque la otra mitad es lo que traes contigo: los significados y los vacíos, los renacimientos y las cicatrices, los vaivénes y las vueltas.
Créeme (también yo lo creo), sería cansino repetírtelo cada día, pues tú y yo sabemos, que debemos ocupar nuestra rutina de cosas que no nos gustan tanto, para romperla haciendo lo que realmente queremos.
Lo que quiero decir, sin caer en la soberbia del consejo no pedido, es que te pares a pensar en todas esas frases que proclamas, al menos de cuando en cuando, lo suficiente para leerlas en ti como un probable espejo.
Que no te empeñes en ser de hielo si por dentro ardes, no te vendas postales del paisaje que no eres ni poses en las que no encaje tu sombra.
Desaprende la conjugación de aburrirse, porque hay demasiado para tan poco tiempo.
Y no delegues todo el sentido al repertorio de frases hechas, a las tópicas moralejas trucadas de los finales de película donde la música siempre encaja.
Olvida como suenan, y piensa otra vez lo que dicen.
Los moldes no son espejos sino espejismos.
El paisaje son los ojos con que lo miras.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran