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sábado, septiembre 20

Expresar, transmitir, reflejar

Sueles decir que sé reflejar mis sentimientos en palabras, y yo no dejo de insistir en que las palabras son miniaturas, en que cuanto más se queda por expresar, cuanto más precisas alcanzan a ser las palabras, más se acentúa esa sensación ineluctable de todo lo que no abarcan. Más te quiero a más decirlo, y no por decirlo se va.
Digo adiós, y el aire que en mi boca se revuelve para decir esas palabra no se lleva las nostalgias y la incertidumbre de la despedida. Me alegro más de verte que mi cara, me duele más perderte que a mis ojos. Me siento vacío, es verdad, me siento pleno, también lo es...
En el limpio espejo puedes ver tu rostro, pero el reflejo no late. Es como decirte que no se trata de expresar, sino de transmitir.
Palabras. No más.

martes, septiembre 9

Escribir

Hay días en que escribir es un verbo desierto, en que no encuentras palabra alguna porque pareces haberlas perdido todas, y entonces intentas escribir sobre esos días en que escribir es un verbo desierto, como si desperezando algún vocablo comenzará el despertar de una cadena de versos, como buscando fuera de ti algo tan propio, como si, a tientas, en una bruma con mil interruptores, tocaras justo los espacios de piedra que los separan.
Hay días en que escribir es como contemplar palabras incompatibles bailando en pareja una danza sin música, como desde un cristal, sin poder bailar con ellas, sin ser capaz de darles un ritmo con que ordenar su desorden.
Hay días que las palabras vienen solas, hay días que las buscas en tus propios confines, hay días en que no están, porque se han ido, y otros en que parece como si nunca hubieran estado, días en que te estremecen y otros en que todo lo que te dicen es nada, días en que tropiezan y días en que estallan, días en que reflejan un mundo y días en que resultan en algo así como querer explicar, con una ínfima porción de polvo de una minúscula estrella, todo un universo.

lunes, septiembre 8

Procastinar

Mañana es el día perfecto para que llegue lo que esperas, para que tus sueños sobrevivan al naufragio, para  que las ausencias se pueblen de un cuerpo tangible, mañana será el culmen de algo.
Pero mañana......siempre mañana. Siempre posponiendo la mirada, la llamada, el viaje, el arriesgarse a por lo menos desmentir si es mentira el destino. Mañana tal vez... .
Imaginas el abrazo que luego le darías al aire consumiendo el tiempo que te consume en cómo vivir con lo que te llega, en cómo ser transparente, cómo parecerte a todo lo que sientes, cómo plasmar tus latidos, tu biografía, en las pupilas.
Tiempo para darle al tiempo que en realidad te estás quitando, sin hacer nada, ese tiempo que al final se va sin dejar nada, llevándose cada segundo que no viviste. Tiempo vacío, vacío porque no se llena con nada, con nada que no sea recordar, que no sea un mero reflejo cotidiano, un caminar por tu vieja calle sin detener la mirada en el parque en que jugabas a que el tiempo no existía, y al percatarte, un día, ya no está. Ahora hay un café, una librería, una casa, apenas piedras.

Seguir, seguir como si nada rumbo al café de siempre, donde acaso con los años estará la entrada de otro parque, abrir el periódico y pensar -sólo pensar porque no puedes recordarlo-, la de noticias que habrás leído, la de años que habrás ejecutado esa misma acción: sentarte, decir café con leche, leer sobre el mundo desde la misma mesa, jactándote de conocer la explicación de todo. Pero no conoce el mar quien no lo cruza, quien se sienta a analizar la vida sin vivirla, sin naufragar y sin despegar, quieto como un reloj, un reloj que cuenta el tiempo, quieto por fuera, por dentro latiendo. Tic-tac.

Amar, temer, vivir

Amar, temer, vivir... A pesar de habernos inculcado estos verbos como el ejemplo de los verbos regulares, lo cual se cumple como mera conjugación sobre la insensibilidad inerte del papel, son los verbos que más denotan acciones irregulares, impulsivas, sin el sosiego de un ritmo estable.
Crecimos con la idea de que los verbos implicaban acciones, y también eso fue un engaño al que con el tiempo se le ha ido derritiendo el disfraz.
Se puede sentir amor sin hacerlo,  acaso hacer el amor sin sentirlo; el resultado del temor es muchas veces postrarse en la inacción.
¿Qué decir de vivir? El verbo que encierra lo más crudo y lo más apasionante, una suerte de aleación entre azar y recompensas, tropiezos, derivas, naufragios y gratitudes.
Nos enseñaron mal los verbos, a una edad en que ni sospechábamos que las cosas pudieran no ser cómo nos las han enseñado siempre, a una edad en que la realidad es lisa, sin aristas, ni matices.
Son verbos que necesitan del cuerpo, que se manifiestan en el cuerpo, sin tener porque ser verbos que el cuerpo manifieste, teniendo en cuenta que vivir no es sólo estar vivo, respirar, sino exprimir almíbar y veneno, que amar es un verbo irracional que no significa actuar, sino motor de ciertas acciones, que temer es un verbo indeseable y necesario, más sanguíneo que corpóreo, más de entrañas que de lengua.

Que vivir es elegir… en el intervalo… entre dos silencios que no eliges.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran