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martes, septiembre 9

Atlas


Te obstinas con frecuencia en cargar el peso de las nubes sobre tus hombros, en separar el cielo que contemplas de la tierra que pisas, y confundir, por tanto, caer con volar, querer con soñar.

Has nacido mil veces para vivir y morir solo una, has sido capaz de llenar horas con vacío y segundos con perennidad, has roto el hielo y has temblado de frío para aprender que lo único que no se consume es el tiempo que nos consume. Incluso las estrellas que miras ya dejaron de estar, incluso el presente está dejando de suceder, incluso estas palabras que leerás siempre ahora, ya fueron escritas.

lunes, septiembre 8

Rutina compartida

Ya no hay amor entre ella y él, tan sólo una rutina compartida, el recelo de romper, más complejo que la corazonada irracional de comenzar, el exilio de Eros a la perpetua prisión del olvido de estremecerse de los
sentimientos. Besos, abrazos maquinales, sexo, el largo etcétera de pasión tornada reloj…. como el agua:
sin sabor, sin aroma. Sin fuego.
Julieta anhela bajar por fin del balcón para caminar por el ancho mundo y Romeo desviar su mirada del cielo, para seguir buscando estrellas por la tierra a la que descendió la figura que le tapaba el cielo desde la baranda.
Ya las pupilas no parecen ser presas de un leve temblor iridiscente, se quebró el hilo que tejía nudos en la
garganta. Aparecen otros cuerpos cuyo deseo les atrae como un imán de piel y alma, pero callan, y saben pero llevan a cabo, el inconsciente juego de ignorar que la palabra resultado de ponerle a Roma un espejo delante no puede volver tras marcharse, otra vez vestida con el mismo cuerpo, que son dos eslabones unidos por la cadena de la ritual y cotidiana conjunción de los cuerpos, de un placer que empieza y termina pero ya no continúa después, como antes.
La cara de ella es una poesía que germina súbitamente del silencio que puebla su cara cuando está con él. El creía que conquistarla era flor de un día, y que luego no debía hacer más, ignora que hay que conquistarla otra vez cada día, que lo más difícil no es llegar, sino permanecer.

Y así, en el silencio que comparten, se ahoga el eco de la palabra fin.

Titanes de ficción

Sísifo se pregunta cada mañana qué es la rutina, si la piedra o la montaña, si por algún resquicio del falso Olimpo de asfalto, se puede intuir a Orfeo tanteando, con su lira la melodía, cansada de que Eurídice haya preferido aletargarse junto al Leteo para olvidarse de recordar. Los dioses murieron el mismo día que todos los mortales comenzaron a creerse divinos, cuando en los gimnasios comenzaron a nacer por doquier innumerables Aquiles cuyo talón era toda su cabeza, mientras las Górgonas consiguen en cualquier esquina un disfraz con apariencia de Afrodita.
 Narciso omnipresente ha raptado el reflejo de las aguas mientras Eco ha perdido la voz con la que Hermes desistió de la costumbre de callar los secretos.
Penélope acelera sus zurcidos para no tener razones por las que seguir esperando a Odiseo, y Calipso ya no convence de quedarse en sus brazos.
Teseo se ha comido sus huellas para no salir jamás del dédalo sobre el que Ícaro pliega sus alas para empezar a caminar.

Son reino de Eris y Némesis las palabras redundantes de los diarios, donde a veces a Harmonía se le derrama un poco de ambrosía con sabor a café matinal. Sólo Cronos parece tener problemas para girar la cabeza, para mirar atrás. Sólo Cronos no se detiene, no duda, sólo Cronos es inmune a la voz de Perséfone, inmune al tropiezo, sólo Cronos no deja nunca de seguir adelante. El resto sigue pensando que los triunfos se logran por proceder del etéreo pedestal del Olimpo, y siguen excusando sus tropiezos con la mentira de que es rugosa la piel de Gea.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran