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sábado, febrero 4

 Ayer escribí una carta.

Una de las de antes.

A mano. 

Dejando sobre el papel las siluetas de mi caligrafía trémula.

Ayer escribí una carta.

Le puse dirección de todas partes y ninguna.

Omití el remite, porque la carta dejaría de ser mía aunque la escribiese yo, en el momento en que la dejara libre para surcar los cielos, para cruzar los mares.

No fue una carta de amor ni de despedida, ni de contar nada nuevo a viejos conocidos.

Era una carta un poco sobre nada pero en el fondo un resumen de todo.

Sobre el simple hecho de estar y también  la sensación a veces de no sentirse estar.

Añoraba aquella huella en que quedaba algo de ti en la forma de tu escribir, en los borrones que despertaban la disyuntiva abierta de qué palabra borraste, qué letra era ilegible para que decidieras recomenzar las palabras de nuevo.

Ayer escribí una carta.

Quizá por cierta morriña de cómo era todo antes de la inmediatez.

Por esa intriga entre dulce y nerviosa de cuándo llegaría, esa espera a leer después los ahora que fueron los momentos en que saber de alguien se hacía esperar.

No acompañé sello de lugar alguno.

Palabras sin nombre ni destino en un sobre sin dueño.

Un viaje  solo de ida hacia nadie en concreto ni un lugar definido, sin vuelta porque no tendría a las manos de quien regresar. 

Un poco como la vida: un papel que empieza en blanco dentro de un sobre sin destino.

Echaba de menos la tinta, las marcas de los dedos, el contar algo con pausa, en ese tiempo que parece la prehistoria de esta prisa por correr a contarnos nada.

El cartero no tendrá en manos de quien dejarla estando huérfana de nombre, ni me será devuelta porque una vez la dejé en el buzón dejo de ser mía.

Extrañaba también, ahora que lo pienso ese sonido leve y tímido que hacían las cartas al caer al fondo, que me enseñó que no solo las voces, sino también los ruidos, a veces susurran.

No llegará quizá a ninguna parte. No sé si acabará en añicos, trizas o cenizas, si se echará a volar como el émulo en el aire del mensaje en una botella echada al mar, y llegará a la orilla de alguna puerta.

Solo sé que escribí una carta y solo sé que no sé de todo el porqué.

Solo sé que miento.

Ayer no escribí ninguna carta pero echaba de menos hacerlo.

Esa forma de expresarse las palabras que no suelen asomarse a la boca.

Leer en forma presente palabras de días atrás, sin el sonido de la voz, donde todo lo que se escuchaba venía desde nosotros mismos. Y no era otra cosa que el ruido que hacía el efecto de las palabras al mover las cosas que llevamos dentro.

lunes, diciembre 19



COMO BENJAMIN BUTTOM

En lugar de aprender a relativizar la importancia de los granos de arena, nos volvemos fabricantes cada vez más minuciosos de montañas.
Cada vez repetimos más frases como mantras que practicábamos más cuando las ignorábamos, que ahora que somos supuestamente más sabios.
Y aprendemos en sentido directamente proporcional al paso del tiempo las conclusiones de la experiencia, viviendo en el día a día en el sentido totalmente opuesto.
Cada vez con más ceguera en el asombro, cada vez con menos espacio entregado al tiempo de las cosas importantes, con más peso en las ideas cuando supuestamente los años debieron enseñarnos que está cada vez más claro que son algo volátil, etéreo, algo absorbido y moldeado que asumimos como propio.
Con los oídos cada vez más desatentos.
Y la voz con cada vez menos tacto.
La vida nunca es mala maestra, pero nosotros, a veces, somos malos alumnos, que aprenden en función de lo que necesitan creer, de lo que creen saber.
Cada vez más conscientes de que la vida son instantes y cada vez dejando pasar los instantes con menos consciencia del paso, con más certeza del peso, cada vez más tópico el eco del valor de las pequeñas cosas y cada vez más expertos en rabiar con aquello que sabemos ( o quizás solo lo escuchamos y lo repetimos) que no podremos pasar por la aduana del último silencio y sin embargo nos empeñamos en cargarnos en la espalda el equipaje de lo tangible.
Quizá necesitamos saturados los espacios que ocupa lo superfluo para tapar el vacío entre momento y momento en que abrazamos lo que realmente nos llena, nos hace humanos, amigos, seres que viven más allá de existir.
Corremos.
Y mientras corremos como si no hubiese un mañana, como si incluso fuéramos más rápidos que las propias prisas que nos tiran de los pasos, nos repetimos eso de que las cosas con calma. de que todo es ahora.
Mientras creces, el ayer crece contigo.
Fenómenos únicos que no se repetirán nunca en el mismo aspecto y bajo la misma piel.
Eso somos.
Fracciones de tiempo.
Presencias transitorias del espacio.
Viviendo casi siempre al revés.
Cada vez con más manías y prejuicios. Cada vez más propensos a estallar con un suspiro, con una contradicción de nuestras convicciones.
Cada vez más cansados y menos dispuestos a salir a buscar, a agarrar de la mano, a todo aquello que decimos que el tiempo nos quita.
La capacidad de asombro.
Los ojos limpios.
La destreza para encontrar oro en las mal llamadas pequeñas cosas, que son las que hacen que a veces la vida es enorme.
Para mirarlas con una lente que no sea tan tardía como la lupa con que las observamos cuando solo son ya recuerdos.
Y engañar de cuando en cuando, el sentido en que camina el reloj.
Y al final, en lugar de pensar que lo entendemos todo, la conclusión debiera ser no entender las cosas, despreocupados precisamente porque no necesitamos saber nada de ellas.
Así vivirlas más, porque parecieran nuevas, sin el peso de la interpretación, destiladas de las conclusiones de la experiencia previa.


“ No sabemos qué nos pasa. Precisamente eso es lo que nos pasa”. A veces no necesitas otras palabras porque la frase que lo explica ya se inventó.

Así que ya lo dijo Ortega y Gasset.

Sucede que hay momentos en que no encuentras las palabras, o bien todas las posibles resultan insuficientes.

Te notas lo que se dice raro.

Y no es apatía, pero tampoco tristeza.

Y no es anhedonia, pero tampoco desgana.

No sabes si estás en pausa o en tránsito,

no sabes si estás en suspenso o ausente.

Saber algo nunca implicó necesariamente saber explicar ese algo.

Ni conseguir explicarlo implica que se esfume.

Rehuyes del tópico como consejo socorrido del lugar común.

Prefieres no hablar si la boca que pregunta no acostumbra a acompañarse de un oído paciente.

Prefieres contar hasta veinte, hasta cien, hasta mil, para que tu voz no arrastre aspereza.

Te sacuden la paciencia cosas que antes no conseguían ni hacerte cosquillas.

Te das cuenta, y ese es el primer paso, la primera oportunidad para respirar más despacio, para echarle un jarro de agua fría al humor que anda como somnoliento, a ver si empieza a abrir los ojos y la boca porque anhelas ver las cosas desde su perspectiva.

Porque piensas que si todos gritáramos cada vez que llevamos un erizo abierto en el adentro (como tantos hacen), que si todos disparásemos a discreción todos nuestros demonios porque tenemos un mal día, entonces tendríamos que admitir que el otro lo hiciera, y daríamos la razón por todas las veces en que no lo creímos justo.

Entonces haces funambulismo entre el tacto y la transparencia, entre la certeza y el impulso.

Pasa algo y dices no pasa nada, porque en realidad es como un cúmulo de todo para el que no hay diccionario.

Ni en el júbilo ni en el duelo las palabras llegan a ser más que la punta visible de aquello que nombran.

Ni en el amor alcanzan el amor.

Ni en la tristeza diluyen la tristeza.

Ni en el poema desvanecen las inquietudes del poeta.

Aunque consigan ser espejo, son el reflejo pero no quien se refleja.

Como ahora.

Como tantas veces en que precisamente lo que a uno le pasa es que no sabe lo que le pasa.

Y dices nada, y hay algo pero no sabrías cómo empezar, ni dónde acabaría, a tejer las palabras con que dar voz a ese cúmulo de todo.

domingo, diciembre 18



Cuando se acabe el trozo de sí que te da el tiempo, no habrás sido más que otro ser que, para empezar, no supo nunca cuando llegaría ese momento.

Dentro de mucho tiempo no serás más que la prehistoria del futuro.
Un suspiro de polvo en el cosmos, una brizna de hierba en los años.
Los momentos que tocan música en la memoria pasarán como si nunca hubieran ocurrido, porque tus recuerdos se irán contigo.
No habrás sido más que una historia de mil errores con moraleja de miel derramada en las páginas que abarca el inventario de los aciertos.
Llevarás contigo las piedras con las que tropezaste.
Y los paisajes de cuando consigues volar.
Aún debes cargarlas con todos los tropiezos que te aguardan.
Y las alas que aún quedan por brotar.
Eres la única vez en que una forma de vida será exactamente quién eres.
Eres una historia que solo ocurrirá una vez.
Los instantes serán iguales, sino otros.
Porque no estarán los mismos.
Ni la mirada será, las de los mismos ojos.
Solo espero que el tiempo sea mucho aunque la eternidad lo haga pequeño.
Eres un suceso irrepetible.
Eres la porción de espacio que habitas en el tiempo.
10


El azar guarda sorpresas tan caprichosas que hace pensar en algo escrito.
Escuchamos una melodía que llega desde algún lugar impreciso y nos encontramos a la persona que la música nos trae a la memoria.
O soñamos con alguien a quien no hemos visto hace años y nos cruzamos al día siguiente en la esquina más inesperada.
Y entonces, con la vista atrás, reconocemos las señales que encontramos en los sueños, en las canciones, en las palabras rescatadas de algún libro, o llegadas de alguna voz, que son el espejo preciso de lo que ahora nos ocurre.
No creo que el Universo, vetusto y gigante, se vaya a detener para advertirnos de algo.
Hay momentos de nuestra vida, en que nos estremece la idea de que si la escribiésemos como una novela, habríamos elegido pasajes que hubieran sucedido de un modo casi idéntico.
La mayor parte de los días se diluyen en la memoria, un porcentaje enorme de los momentos se olvida.
La idea de que todo pasa por algo nos deja la de que ignoramos el algo por el que pasan.
Y no pudiendo demostrarlo no podemos tampoco debatirlo.
No podría un guión del destino dejar tantas lagunas.
Y además, la vida siempre se escribe hacia atrás, porque es hacia donde miramos para comprenderla.
O al menos intentarlo.

 


Un día, serás como una estrella, un pequeño punto en la historia del infinito.
Una estela de luz como prueba de que estuviste en el espacio que ahora habitas.
Un día serás como una nube, hermosa, etérea y pasajera, un trazo caduco en el cielo, una silueta llegada desde el silencio en marcha hacia el silencio aprendiendo a dibujarse y desdibujarse una y mil veces por el camino.
Un día serás el suspiro de un sueño que suspira, un transeúnte del tiempo, un grano de polvo cósmico que brilla en el escenario de la eternidad.

sábado, octubre 22




En los buenos momentos, que enorme sería poder pararse a observar la combinación de todo lo que se conjuga al mismo tiempo.

El tiempo que hace, la música que suena, la ráfaga fugaz de aire dulce que te recorre el ánimo, la persona que te acompaña, el sentido que, cuando deja de esconderse, parecen tener las cosas.
Como un matemático meticuloso, combinar la medida exacta de cada cosa que se da al mismo tiempo y que hace que el resultado sea uno de esos instantes que te llevas grabado en la memoria.
Claro que en los buenos momentos no estamos pendientes (o qué carajo importa) de si el cielo está abierto o pisamos los charcos, si la música es ruido o un milagro.
Lo más probable es que tampoco nos pararíamos a escudriñar cada matiz aislado que hace un conjunto casi perfecto, porque hay puzzles que solo completa el azar, y porque pudiendo hacerlo, entonces estaríamos poniendo en fuga nuestra atención en vivirlos.
Qué bueno sería, en los instantes que no dudarías en repetir, medir la fuerza que entonces parece inquebrantable, la abertura exacta de la boca necesaria para sentirte capaz de comerte el mundo, y convertir en un propósito suficiente para después lo bellos que nos vemos en los ratos que somos felices.
Cuando el tiempo parece un invento de los libros y los relojes, solo con que parezca no importar.
Cuando acaricias la sensación de que es bueno estar aquí aunque no entiendas nada, y tienes la certeza de que si hubieses escrito el guión de tu historia, sin duda esos renglones serían iguales.
Tal vez escribir sea un espejo de las cosas como son que no refleja necesariamente como son las cosas.
7

viernes, marzo 9

El vaso a la mitad es una paradoja.
Está medio lleno.
Está medio vacío.
Igual de ciertas ambas verdades.
Y casi todas las verdades funcionan igual.
Lente específica y modo de mirar.
La mitad de lo que quieres ver es lo que no quieres ver.
El silencio es la otra mitad de la mitad que escuchas.
La simetría necesita polos.
La excepción necesita reglas.
Unos labios quietos son la divisoria entre una boca triste y una sonrisa.
Un parpadeo es el vaivén entre mirar y cerrar los ojos.
La interrogación es la frontera entre preguntas y respuestas.
El papel es el puente entre mi escribir y tu lectura.

domingo, septiembre 3

Pues sí.
Hay días como hoy en que desearía, no solo creer en el destino, sino además, acertar creyéndolo.
Y ya puestos a pedir, pues esto es papel y todo vale, que todo lo que queda pendiente, tuviese un final más certero que una conjetura, que tuviésemos tantas vidas como opciones que no elegimos en favor de la que elegimos. Si aquella mirada podría decir algo o era solo yo, que quería creerlo.
Si aquel recelo o afinidad ausente, hubiese tenido tregua, o simplemente (no hace falta que esté escrito), por muchas vidas que hubiese, uno habría de aceptar, una y mil veces, que hay afinidades que no se concilian.
Si hubiese cambiado una estación por otra, un punto hacia el que ir por una espera, una prisa por llegar por más paciencia.
No sé si las dudas ya saciadas alimentarían el hambre de preguntas distintas, si volvería a escribir algo parecido a esto, pensando otra vez (quién sabe por cuánto), que hay días como hoy, en que desearía, que tuviésemos tantas vidas como opciones que no elegimos en favor de la que elegimos.
Y ya puestos a pedir, zurcir los errores que te hicieron perder, y mantener la euforia que te hizo ganar.
Cuantos pudiera ser, hubiesen tenido un sí y un no, con el que seguir a lo mismo, o ponernos a otra cosa.

jueves, octubre 6



Cuando algo es, en efecto, ese algo, decimos que no puede ser lo contrario.

Redundancia obvia.

Hasta ahí todo bien.

La verdad, sin embargo, presenta una doble ilusión. O digamos que dos (o más) vertientes igual de ciertas: puede estar presente aunque seas incapaz de verla y puede no ser cierta aunque no veas otra cosa.

Todo depende de tus ojos o de los míos, de tus adentros o de los míos, de lo que tú necesitas ver y lo que yo quiera obviar o viceversa, de tus nubes transitorias o mis euforias intransigentes.
Si me quieres junto al mar querré bañarme.
Si me dejas junto al mar, mirarlo me pondrá triste.
El mar es el mismo, la verdad la llevas tú.
O yo.
O ninguno.
O ambos.
La misma tormenta no es la misma para un paisajista que para un supersticioso, el mismo sol que tan bien sienta a tus ojos deja mi piel hinchada.
Incluso el tiempo, cuyo ritmo no cambia, parece dilatarse o diluirse según tus prisas o mi espera, según el ansia por que algo se vaya o el sin vivir esperando algo que llegue.
La verdad puede ser alguien pero con esas pegatinas sin las que ya no sabemos mirarlo, o con esa admiración ciega que nos vuelve sordos.
La verdad puede ser alguien a pesar de lo que digan.
La verdad puede ser otro a pesar de lo que dicen las palabras con las que vende lo que no es.
Un hombre recoge sus frutos en el mismo camino en que otro al tropezar comprueba lo dura que es la tierra, abriéndose las manos, la cabeza y el alma.
Ambos dicen la verdad.
La verdad es que el camino alberga sorpresas.
La verdad es que el camino deja heridas.
La verdad es que a la larga es el camino el que deja huellas sobre uno.
Y es quizá la forma y trazo de esas huellas lo que cada uno, sin saberlo del todo elige, para dibujar la verdad.
No hay mejor arma que el humor, aunque a veces los escudos aguanten la risa.


Resulta paradójico sentarnos en los bancos con la mirada hacia delante pensando en todo lo que ha quedado atrás
Un buen observador no es siempre aquel que se percata de un mayor número de cosas de entre lo que le rodea. A veces es aquel que, entre todas esas cosas, se da cuenta precisamente de lo que falta.


Paradójico.

Lo fácil que resulta ver el ombligo del otro cuando está de espaldas, como si en la lengua tuviésemos ojos que atraviesan la piel y el alma, que escudriñan las causas de los efectos, despejando las dudas de los porqués con la mirada fija en los cómos.
Lo costoso que se nos hace girar el cuello para mirar el nuestro propio, curarnos de esa ceguera imparcial que desecha la autocrítica, y que nos impide admitir los errores porque, en nuestro caso, siempre tuvieron una etiología que los poblaba de eufemismos, fieles a una justicia con la que versionamos lo de fuera para que siempre se adapte a lo que hacemos.
Nadamos en el olvido de nuestros tropiezos para naufragar en orillas de los quehaceres del otro, sus problemas son merecidos, por hacer o dejar de hacer, por ser así y si no precisamente por no serlo, porque lo que tiene que pasar pasa y en nuestro caso por qué nos paso.
Profecías autocumplidas, etiquetas que amoldan lo que vemos a lo que pensamos y no al revés, arrastrando nuestras ideas preconcebidas que nos encadenan a la convicción de que somos objetivos en los juicios, de los que tantas veces decimos que son solo una opinión.
Recelo de identificar en los otros lo que aplicado a nosotros disfrazamos, vendiendo a un precio irrisorio réplicas de la empatía..

lunes, septiembre 15

La teoría


Por eso la teoría es precisa, porque carece de intriga, porque hasta lo inaudito puede ser probable de una manera ideal, pero carece también de sorpresa, de balanzas que oscilan entre todo o nada. Saber que el mar no está hoy para zarpar, no sirve de mucho cuando ya estás bajo las olas. El cielo no es el mismo si caes, que si lo miras, ni la piedra la misma si la lanzas, que si te hace tropezar.
La teoría carece de tiempo, las agujas carecen de espera, la espera se cansa y se echa a andar porque se aburre del silencio que produce.
La teoría es como el cotidiano periódico que te cuenta de alguna manera que ocurre aquí o allá, desde un lugar externo a ambos, desde un lenguaje de emociones de papel.
Las palabras son un Sísifo cuya cima es lo inefable, el reflejo de mirar atrás cuando estás a punto de llegar, que le hace caer cuando está punto de traducir los vocablos en latidos, a punto de poder averiguar la palabra precisa que describa el miedo y se extinga de tal modo que no quede nada adentro, que privara al amor de poder ser imposible, y dejara al amor posible sin opciones para el tópico ni la rutina, que convenciera al deseo para rendirse o despegar.

martes, septiembre 9

Viseras contra el brillo de la luna

No hay nada más peligroso que la ignorancia activa - Göethe

Hay ahora una tendencia juvenil a convertirse en perdonavidas, a dejar por donde quiera que vayan la noticia de su llegada, hay una costumbre creciente a ser hormigas en soledad y verdugos en compañía,  a llevar peinados que parecen inspirados en esos garabatos que en el colegio dibujaban los niños que, aunque no lo sepan, aún no han dejado de ser, sin razón, sin cultura ni cordura, sin madurez.
Son los aniquiladores del respeto, del silencio, les gusta hacer saber al prójimo qué música llevan en todo momento en sus cohetes de cuatro ruedas, buscando la semilla de la violencia gratuita en una simple mirada, en un simple gesto, en simplemente ir andando y... pasar por la calle que es de ellos.
Un día retarán a la lluvia porque moja, al viento porque se lleva sus gorras, su emblema, su amuleto, al cielo porque es azul, y si no porque es negro. Son como abejas que aisladas del enjambre pierden su aguijón, si una se posa sobre ti, vendrán todas detrás, sin saber, sin preguntar.
Buscan, siempre, estar con alguien para ser alguien, les está prohibida cualquier palabra que pueda delatar un atisbo de belleza, de poesía, de amistad, de amor, son el eslabón perdido de una educación que los que nacimos un poco antes mayoritariamente conservamos,  y su forma de ser ya se ha convertido en una forma de vivir, de actuar de hablar, de caminar por un mundo que creen suyo y que un día se desmoronará, entonces sus viseras no podrán defenderles del brillo de la luna.
Sólo espero que sea esta la primera y última vez que mis palabras les

dedican su aire, su tinta, su tiempo.

Tus ojos mirándote a los ojos

Cada mañana el espejo te mostrará tus ojos mirándote a los ojos. La mayoría de esas mañanas pasarás tu mirada por alto, pensarás “otro día”, o ni siquiera pensarás. Llevarás a cabo el mecánico gesto de acariciar tu cara con el agua fría que corre como el tiempo, transparente, imparable, intentando borrar de tu despertar resquicios de toda pereza, como si se hubiera convertido en normal el hecho de estar por acá, como si el asombro y la curiosidad se hubieran diluido en el agua.
Cada mañana te levantarás contigo, cada día, deberás decirle a esos ojos que te miran “estoy ahí”, debes decirles “me quiero”, soy una esponja y un témpano, soy experiencia e ignorancia, hábito y perplejidad, soy imperfecto, pero tengo un hambre atroz por vivir, por comerme el mundo y dejar que me coma, por descubrir las infinitas incertidumbres que quizás depare la rutina.

El coloquio de las cejas

Ojos que no ven, corazón que no siente, pero sólo si los oídos no abarcan, si por un descuido de las lenguas incautas, o por una rendija de la intuición, o por un silencio poblado de instantes en que antes había palabras, se sabe lo que no deja de ocurrir aunque los ojos no vean, si con el alma se sabe aunque las voces no digan.
Ojos que no ven, corazón que no siente: el lema de Judas.
Ojos que no ven, corazón que no siente...solo si no hay corazones más rápidos que el silencio.

Caligrama

EL


        RECUERDO
 

        ES


TODO AQUELLO


QUE NO C
                     A
                          E


                                                                                                            EN
                                                                                                                                              EL 
                                                                                                                                                   ol
                                                                                                                                                       vi 
                                                                                                                                                                                                         do

lunes, septiembre 8

El silencio habla

Quien mantiene el silencio para solapar una verdad que dolería ignora que a veces no hay señal más inequívoca que la propia elocuencia de algunos silencios, que miradas fugaces que cree que nadie percibe, para forjar la certeza en quien supuestamente "ignora" lo que ocurre, de que efectivamente ocurre algo. Adquiere el saber de que hay algo que no sabe, una intuición casi infalible. No tiene sentido que te cierren los ojos, si no hay algo a lo que no debes mirar...

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran