sábado, octubre 22




En los buenos momentos, que enorme sería poder pararse a observar la combinación de todo lo que se conjuga al mismo tiempo.

El tiempo que hace, la música que suena, la ráfaga fugaz de aire dulce que te recorre el ánimo, la persona que te acompaña, el sentido que, cuando deja de esconderse, parecen tener las cosas.
Como un matemático meticuloso, combinar la medida exacta de cada cosa que se da al mismo tiempo y que hace que el resultado sea uno de esos instantes que te llevas grabado en la memoria.
Claro que en los buenos momentos no estamos pendientes (o qué carajo importa) de si el cielo está abierto o pisamos los charcos, si la música es ruido o un milagro.
Lo más probable es que tampoco nos pararíamos a escudriñar cada matiz aislado que hace un conjunto casi perfecto, porque hay puzzles que solo completa el azar, y porque pudiendo hacerlo, entonces estaríamos poniendo en fuga nuestra atención en vivirlos.
Qué bueno sería, en los instantes que no dudarías en repetir, medir la fuerza que entonces parece inquebrantable, la abertura exacta de la boca necesaria para sentirte capaz de comerte el mundo, y convertir en un propósito suficiente para después lo bellos que nos vemos en los ratos que somos felices.
Cuando el tiempo parece un invento de los libros y los relojes, solo con que parezca no importar.
Cuando acaricias la sensación de que es bueno estar aquí aunque no entiendas nada, y tienes la certeza de que si hubieses escrito el guión de tu historia, sin duda esos renglones serían iguales.
Tal vez escribir sea un espejo de las cosas como son que no refleja necesariamente como son las cosas.
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 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran