miércoles, julio 19

 

A veces uno merodea, en equilibrio, la frontera exacta entre las ganas de volar y las ganas de sentarse.
Alcanza en ocasiones ese punto frágil, volátil, endeble, en que una simple canción es capaz de emocionarle.
Y ahí, los papeles que emborronas te enseñan que tienes muchas más palabras de las que usas, y que hay mil formas de expresarse más allá del modo en que normalmente te expresas en el mundo cotidiano, donde el tiempo es más rápido que las manos, donde repartes en dosis exactas el amar la vida mucho y no entenderla apenas.
Donde todo va tan aprisa que a veces parece, que los ojos solo tienen tiempo para ver el rastro de luz presente de estrellas que ya fueron.
Y en ese punto exacto en que eres tan capaz de arrancarte a cantar como de emocionarte en silencio, es donde el simple hecho de estar vivo, la simple mirada en el espejo duda entre decir estoy aquí o preguntarlo.
Y es entonces cuando escribes sin pensar, como poseído porque parece que es la necesidad de escribir la que te piensa.
De que algo sin nombre preciso late adentro y estos instantes quizá no sean más que pausas en que te paras a escucharlos.
Entonces todo son preguntas, asombros y extrañezas abiertas, como rendijas por las que se cuela una luz que apunta sobre aquello que nunca te paras a pensar.
En aquello que tienes y aprecias poco porque te has acostumbrado a tenerlo, a que esté.
Quizá no hay peor veneno para el asombro que el hábito, ni peor ceguera para las pequeñas cosas que, con el tiempo, dejar de verlas enormes.
La clave, dicen, está en los detalles, en los matices, y de tanto verlos dejamos de verlos, perdiendo de vista, quizá el más importante, que es la certeza de que tenemos que alimentar la gratitud.

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 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran