jueves, octubre 6



Paradójico.

Lo fácil que resulta ver el ombligo del otro cuando está de espaldas, como si en la lengua tuviésemos ojos que atraviesan la piel y el alma, que escudriñan las causas de los efectos, despejando las dudas de los porqués con la mirada fija en los cómos.
Lo costoso que se nos hace girar el cuello para mirar el nuestro propio, curarnos de esa ceguera imparcial que desecha la autocrítica, y que nos impide admitir los errores porque, en nuestro caso, siempre tuvieron una etiología que los poblaba de eufemismos, fieles a una justicia con la que versionamos lo de fuera para que siempre se adapte a lo que hacemos.
Nadamos en el olvido de nuestros tropiezos para naufragar en orillas de los quehaceres del otro, sus problemas son merecidos, por hacer o dejar de hacer, por ser así y si no precisamente por no serlo, porque lo que tiene que pasar pasa y en nuestro caso por qué nos paso.
Profecías autocumplidas, etiquetas que amoldan lo que vemos a lo que pensamos y no al revés, arrastrando nuestras ideas preconcebidas que nos encadenan a la convicción de que somos objetivos en los juicios, de los que tantas veces decimos que son solo una opinión.
Recelo de identificar en los otros lo que aplicado a nosotros disfrazamos, vendiendo a un precio irrisorio réplicas de la empatía..

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 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran