lunes, septiembre 8

El paisaje de tus ojos

Debe haber alguna pregunta, algún pasaje concreto de una remota página pérdida en la memoria, a partir de la cual ya no hay retorno, una entrada sin salida a no poder alcanzar eso de no pensar en algo.
Debe haber desde entonces una suerte de presagio donde no caben consuelos que no sean interpretaciones.
Hay una certeza que no se aleja del pensamiento, que no le brinda su ausencia un instante. Tan sólo se duerme, hay un pensamiento que no puedes abandonar porque ya no te abandona. Y sabes que esa certeza es otra forma de mirar que está aferrada a ti de la misma manera que tú no te aferras a ella, porque la certeza puede ser una ilusión insistente, una mentira que se repitiera una y otra vez y que se convierte en el paisaje de tus ojos.


Los sentidos y la luna

…y qué dice hoy la luna. La luna nunca habla. Lo cierto es que miras hacia arriba y, entre el ruido que te envuelve, por encima de los ojos que te hechizan, de la voz que te alienta o te ahuyenta, al mirar: lo que ves es silencio. Si, uno mira la luna y percibe un silencio sin premura ni estruendo, y resulta extraño que uno pueda, por ejemplo, escuchar el horizonte, o tocar la distancia, palparla al menos, o que sin embargo, un instante de las pupilas contenga más vocabulario que cientos de palabras de viento, o que toques y escuches el viento que no viste ni verás nunca, o que te tenga dentro pero no ante mis ojos, ni alrededor, ni siquiera aquí, o que estés aquí y te sienta tan lejos.
                                                                                  
Y qué dice hoy la luna. La luna, otra vez, no dice nada, pero por un instante intemporal comparto su silencio, me embriago de su calma indiferente a las dudas y las preguntas para recomenzar, para volver a descender mis ojos hasta la línea de tus ojos. Y en el suspiro que dura el caduco silencio de acá abajo, escuchar que me dicen, qué puedo aprender en ese inmenso mundo que delimitan tus parpados.
Tan sólo escribo como si estuvieras.
Pero no estás.

 Tal vez eso es lo que intenta decirme hoy la luna.

Titanes de ficción

Sísifo se pregunta cada mañana qué es la rutina, si la piedra o la montaña, si por algún resquicio del falso Olimpo de asfalto, se puede intuir a Orfeo tanteando, con su lira la melodía, cansada de que Eurídice haya preferido aletargarse junto al Leteo para olvidarse de recordar. Los dioses murieron el mismo día que todos los mortales comenzaron a creerse divinos, cuando en los gimnasios comenzaron a nacer por doquier innumerables Aquiles cuyo talón era toda su cabeza, mientras las Górgonas consiguen en cualquier esquina un disfraz con apariencia de Afrodita.
 Narciso omnipresente ha raptado el reflejo de las aguas mientras Eco ha perdido la voz con la que Hermes desistió de la costumbre de callar los secretos.
Penélope acelera sus zurcidos para no tener razones por las que seguir esperando a Odiseo, y Calipso ya no convence de quedarse en sus brazos.
Teseo se ha comido sus huellas para no salir jamás del dédalo sobre el que Ícaro pliega sus alas para empezar a caminar.

Son reino de Eris y Némesis las palabras redundantes de los diarios, donde a veces a Harmonía se le derrama un poco de ambrosía con sabor a café matinal. Sólo Cronos parece tener problemas para girar la cabeza, para mirar atrás. Sólo Cronos no se detiene, no duda, sólo Cronos es inmune a la voz de Perséfone, inmune al tropiezo, sólo Cronos no deja nunca de seguir adelante. El resto sigue pensando que los triunfos se logran por proceder del etéreo pedestal del Olimpo, y siguen excusando sus tropiezos con la mentira de que es rugosa la piel de Gea.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran