jueves, octubre 6



Paradójico.

Lo fácil que resulta ver el ombligo del otro cuando está de espaldas, como si en la lengua tuviésemos ojos que atraviesan la piel y el alma, que escudriñan las causas de los efectos, despejando las dudas de los porqués con la mirada fija en los cómos.
Lo costoso que se nos hace girar el cuello para mirar el nuestro propio, curarnos de esa ceguera imparcial que desecha la autocrítica, y que nos impide admitir los errores porque, en nuestro caso, siempre tuvieron una etiología que los poblaba de eufemismos, fieles a una justicia con la que versionamos lo de fuera para que siempre se adapte a lo que hacemos.
Nadamos en el olvido de nuestros tropiezos para naufragar en orillas de los quehaceres del otro, sus problemas son merecidos, por hacer o dejar de hacer, por ser así y si no precisamente por no serlo, porque lo que tiene que pasar pasa y en nuestro caso por qué nos paso.
Profecías autocumplidas, etiquetas que amoldan lo que vemos a lo que pensamos y no al revés, arrastrando nuestras ideas preconcebidas que nos encadenan a la convicción de que somos objetivos en los juicios, de los que tantas veces decimos que son solo una opinión.
Recelo de identificar en los otros lo que aplicado a nosotros disfrazamos, vendiendo a un precio irrisorio réplicas de la empatía..
A veces lo bueno se hace esperar aunque esperar no se haga bueno

Nuestra memoria sabe más de nosotros de lo que nosotros sabemos de nuestra memoria
Hoy quiero romper todos los espejos cóncavos con besos en que mi cara no parezca yo, librarme de cualquier motivo para buscar motivos, quitarle el eco de mi voz a palabras que no son mías, volver poco frecuentes los lugares comunes, el miedo al miedo de tener miedo, mirar fotos de ayer para no olvidar cuánto de mí cabe en el equipaje del viaje hacia mañana, llevarme al niño, llevarme a mí, preparar la bienvenida para el anciano que algún día llegará para preguntarme cómo tracé su camino. Hoy voy a dormir conmigo aunque estés a mi lado, hoy voy a dormir conmigo, aunque no estés.
Hacer un inventario de cosas que olvidar, un cofre de experiencias, dejando hueco para tesoros por llegar, un témpano para congelar el aprendizaje de un futuro pasado, y si me quedan manos, espejos reticentes a ser empañados, un pincel para matizar las cicatrices, y un lápiz para llegar lo más cerca posible de la frontera donde acaban los renglones y comienza lo inefable.
El miedo al frío se combate desnudándose, el miedo al error se combate tropezando, el miedo a saber se diluye escuchándote, y a veces, lo que escuches será todo lo que tengas que saber.
La cosa está en saber si es la voz de la cabeza o la del corazón pues de tanto tiempo debatiéndose hablan con un timbre casi idéntico, y tú, al final, eres la conclusión transitoria de esa perpetua discusión.
Nuestras experiencias no podrían enseñarnos nada si no se acompañaran de las conclusiones con que la hemos interpretado.


Estoy a punto de nacer.

Reconozco la luz aunque la vea por primera vez. Vine de la nada y llevo nueve meses durmiendo aquí dentro. Silencio, latidos, líquido y oscuridad.

Unas manos se acercan, se abre la puerta. Las voces suenan distinto que la música que a veces, a menos de un metro de piel de distancia, me llegaba desde afuera.

La misma mano que me dio la bienvenida, me da una bofetada para comprobar, si según lo previsto, antes de haber aprendido a vivir ya aprendí a llorar, y así saber, que todos mis sentidos han llegado conmigo.
Rostros que estarán y rostros que olvidaré, hay regazos y caras que eperaban mi llegada.
Ya estoy tranquilo. Empiezo a asimilar que estoy vivo pero no tengo palabras para saberlo.
Mis ojos se abren poco a poco, para ir disfrutando la luz a dosis pequeñas.
Ya sé parpadear.
Y en un parpadeo que a mí me parece más corto que el tiempo de un suspiro, más rápido que la luz, resulta que entre cerrar y abrir los ojos, han pasado 36 años.
Que en lugar de un parpadeo fue dormir, porque en el tiempo que tardé en parpadear, he conocido a gente que es digna de los sueños.
Por eso soy el primero en felicitarme.
Y no brindar con la copa medio vacía diciendo que si no tuviésemos fechas celebraríamos cada vez menos cosas.
Y brindar con la copa llena, diciendo que lo que más aprendes del mundo no está en los libros, sino en la gente, que en cierto modo, después de nacer, vienes entrenado para reconocer el sonido de puertas que se abren y diferenciar voces que hacen ruido de voces que hacen música, que el camino se trazará mejor si te acompañas de buenas manos, y que los mejores maestros tampoco están en los libros, sino en la gente que tanto te enseña sin saber cuánto te está enseñando.


...y nos dispersamos.

Siguiendo el tren de vida que hace que la vida se nos vaya en tren.

A ver si nos vemos.

Un día quedamos.

Y sabemos lo que es perdernos cuando volvemos a encontrarnos y nos decimos sin palabras, con una confirmación ansiada por los ojos, cuánto has cambiado pero sigues siendo tú.
Alguna cana, progenie o su ausencia, el pasado que nos ha crecido, distintas rutinas creadas para despistar a la sensación de rutina.
Y es que lo sabemos, pero como esas cosas que de tanto saberlas dejamos de pensarlas detenidamente, lo mejor del camino (de lo peor no vamos a hablar ahora) es la gente, los compañeros de huella.
Pero es que el camino se ensancha, trazado a veces según la forma de los moldes.
Y es fácil perderse, ir dejando que lo realmente importante se pueda postergar por lo obligatorio, y quizás pensar con esto que deberíamos tomarnos como obligatorio, lo realmente importante.
Grabarnos a fuego una ley que prohíba los intervalos demasiado largos con que distanciar los reencuentros.

Para poder usar como armas tus debilidades, primero las has de reconocer, identificar, traer a este lado del espejo, y así quizá dejen de ser solo defensas.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran