domingo, septiembre 21

Solo y contigo

Estoy solo. Solo ante mis preguntas, solo ante ti que duermes sola a mi lado, solo conmigo ante mí.
Te hablo desde esa soledad inevitable que se gesta la primera vez que te preguntas por qué. Te digo todo esto con mirarte, con un lenguaje en el que sabemos lo que nos decimos, pero en el que son prescindibles las palabras para decirlo.
Estoy solo, solo ante el papel, solo ante esta pregunta interminable que es toda poesía, solo frente a tu amor, que me deja queriéndote a solas mientras tú, con esa sonrisa de presagio, tan cerca de mí, me repites ¿por qué?
Me pides una historia, una de esas historias que se cuentan con los dedos en silencio, recorriendo un camino que no arrastre ecos.Me pides una historia sabiendo de antemano que mis ojos son lo más parecido que tengo a una autobiografía, que en ellos guardo mil batallas. Aunque no hablen.
Al final, estoy solo ante ese destino extraño de parecerme a mis relatos porque los cuento yo.
Contarte... contarte, por ejemplo, que estamos solos al nacer, y solos al morir, aunque estemos rodeados.
¿Conoces esa nostalgia de las cosas que aún están aquí? Así, con ese silencio políglota que no necesita palabras vamos, lentamente, creando un lenguaje nuevo, para ir consiguiendo entendernos con vocablos nuevos, nuevas palabras que no pesen, que carezcan de historia, que simplemente te lleven lo que te quiero decir.

sábado, septiembre 20

No necesito
mirar las estrellas
porque las siento
en el cielo de tu boca.
Entenderse es no tener la urgencia
de que el silencio se calle
que la tregua de las palabras
no se colme de premura
por hablar del primer viento que sople.

Expresar, transmitir, reflejar

Sueles decir que sé reflejar mis sentimientos en palabras, y yo no dejo de insistir en que las palabras son miniaturas, en que cuanto más se queda por expresar, cuanto más precisas alcanzan a ser las palabras, más se acentúa esa sensación ineluctable de todo lo que no abarcan. Más te quiero a más decirlo, y no por decirlo se va.
Digo adiós, y el aire que en mi boca se revuelve para decir esas palabra no se lleva las nostalgias y la incertidumbre de la despedida. Me alegro más de verte que mi cara, me duele más perderte que a mis ojos. Me siento vacío, es verdad, me siento pleno, también lo es...
En el limpio espejo puedes ver tu rostro, pero el reflejo no late. Es como decirte que no se trata de expresar, sino de transmitir.
Palabras. No más.

viernes, septiembre 19


Dos ángulos vacíos
mirando de frente la distancia.
Dos vocabularios dispersos
para explicar lo mismo.

jueves, septiembre 18

No por quieto el río

Suspendido en la nada deambulo desprendido de mi cuerpo, escuchando en mis adentros el eco de una voz que quizá sea mi alma.
Hace diez horas que he muerto. Reconozco la cara que tuve en esa máscara de ojos cerrados despojada de prosodia, en esa inerte presencia que prueba mi definitiva ausencia.
Ojos que evitaban responder a mis ojos, pasos que esquivaban mis pasos, vienen con sus bocas que apenas me decían hola a brindarme su último adiós. Algunos se suman al sollozo como plañideras que lloran esperando alguna muerte que dé por unas horas sentido a sus vidas.
He olvidado los nombres: de las caras y de las cosas. En compensación por ir perdiendo lentamente mi memoria, al tiempo que se va diluyendo mi pensamiento, me queda una síntesis emocional de quién es cada cual, de qué me hizo sentir tal o cual cosa concreta en un preciso instante. No hay lenguaje en vida, ni lo hay tampoco ahora, para esta sensación -si así puedo llamarla pues carezco ya de sentidos – de no recordar el nombre de una canción pero apreciar en un destello de imágenes mudas, a qué lugar me recuerda, poder diferenciarla de otra cuyo nombre también he olvidado.
Y los rostros… Los rostros ya no importan, ahora puedo ver las almas. No importa el nombre al que respondían, solo el que hayan respondido a la necesidad, secreta o declarada, de compartir confidencias, de cubrir ciertas carencias, de alimentar ciertos impulsos, de amor, de amistad, de aventura, de rabia, de cordura, de experiencia vital, de poblar el álbum de fotos que esa parte de la memoria que se nutre del corazón, cierra y encierra en un cajón que no se abrirá nunca más.
He olvidado incluso el nombre de ella, que tanto me quiso. Hasta el día en que comenzó a dejar de quererme.
Sus anhelos y mis desmanes, sus vaivenes y mis caricias, su pelo enredado y mi mano ávida de juego, sus ganas y mis ganas, de querer, de desquerer, de arrebatarnos los suspiros, de olvidarnos a la vez del mundo y hacer de las sábanas océanos donde naufragaban nuestros cuerpos rendidos, exhaustos de tocar el horizonte y poder regresar, y volver a huir, como estrellas desorbitadas,  felices otra vez, y otra vez con cierto desencanto de que el tiempo volviese a importar, aunque fuera poco, lo suficiente para asimilar que corría, que volaba, tan fugaz como si no hubiese estado nunca.
 Su reloj decía tic y en mí adentro sonaba un tac. Dos relojes separados con un mecanismo en común, sincronizados, incluso, para asimilar en el mismo instante que el amor es tan mentira al irse como verdad al llegar.  Un día nos miramos a los ojos y comprendimos que nuestras miradas nos resultaban extrañas.
 Hubo muchas cosas, después de ella y después de mí, otras compensaciones de vacíos y consuelos de carencias, hubo otros besos de otros cuerpos compartiendo nuestras respectivas sábanas, de nuestras respectivas camas, de allá donde estuviésemos. Pero después de mí, después de ella, no hubo nunca nada igual, no encontramos nunca otro reloj tan acompasado a los latidos del otro, otra certeza tan precisa del qué y en qué momento necesitábamos nuestra recíproca compañía o refugiarnos en la isla de nuestras propias soledades. Por eso sé que va a extrañarme como nadie. Mientras estuve, o mientras ella estuviese, tendríamos la prueba de que vivimos algo. Ahora que ya no podrá verme, ahora que no la veré más, es como si en parte se diluyera lo que vivimos, como si muriera conmigo, como si a pesar del recuerdo en donde guardarme, necesitara que fuera posible verme para cerciorarse de que el pasado es real.  

No por quieto el río deja el agua de correr. Escuché esa frase por primera vez, y creo que por última, de boca de un hombre callado y sabio. El mismo del que aprendí que a veces aquellos que más saben no son necesariamente los que más dicen, que los más sensatos cuentan por verdades las veces en que hablan, que en ocasiones se limitan a escuchar, y que los ignorantes son tantas veces los que más alzan la voz, quizás por cierto pavor inconsciente al silencio que produce el vacío de ideas propias que les puebla.
Nunca me dijo una frase tan larga, aprendí esta y tantas cosas, viéndolo actuar. Nunca dijo si ocurre estaré. Cuando ocurría ya estaba.
 Es aquel de allí reclinado sobre la baranda del mirador, con cara de no estar en ninguna parte, sin aparente congoja. Sé que por dentro lleva una procesión cuyos tambores ahora solo escucha él. Acarrea una pena que no asoma, pero que pesa. Abajo, las farolas se apagan como parpados que la ciudad va cerrando para pestañear y reabrir sus ojos a la luz del alba.
Guarda su duelo sin alzar la voz, sin resaltar lo que vivió conmigo, en contraste con todos aquellos que nunca estuvieron, y que para compensar su constante ausencia en los momentos precisos, hablan sin escucharse de cuánto me querían, como si el pasado que compartimos fuera suficiente para sentirlos presentes.
A estas alturas de mi muerte, he terminado de comprender que la gran mayoría de la gente, al mentir, no sabe que miente, que al hablar lo hace convencida de que lo que dice es, que no adapta su mirada al mundo, sino el mundo a su parecer, y que cuando este contradice su conclusión, no es capaz de apreciar errores en las teorías que se amoldan a su propio ombligo, sino excepciones a sus reglas infalibles.
En su memoria ornamentada guardan recuerdo de haber estado conmigo en todos esos años en que a muchos ni los vi. El recuerdo se reinventa para justificarles.
Seguirán diciendo cuanto me querían, en qué medida van a extrañarme, cuando en vida se les hizo tan normal no tenerme cerca, no saber de mí, no molestarse en comprobar, si después de tanto tiempo había cambiado o seguía coincidiendo con la pegatina que hicieron de mi, con la etiqueta que le endosan a todo, para así no tener que ejercer el titánico esfuerzo de contradecirse cada vez que se encuentran de nuevo con algo o con alguien.
Se inclinan sobre mi cuerpo, sobre la inerte prueba de que un día estuve, de que fui alguien o cualquiera, disparan frases diversas cuyo resumen podría ser una sola: vivimos tanto juntos…
Es como si pugnaran por demostrar que a cada uno le unía mucho más a mí que al de al lado, y aquellos realmente más unidos a mí enmudecen, porque no por hablar demuestras más, ni por callar reflejas menos.
No por quieto el río, deja el agua de correr.
Ese que llega es mi hijo, mi único hijo. Elegante hasta en el dolor, afable hasta en la fatiga. Se para ante todo el que se encuentra, evoca la misma respuesta exacta ante frases que, por los gestos, deben ser similares. Ahora entra su mujer, deshecha por fuera e inmensamente triste, lo sé, por dentro. Congeniamos bien. Siempre que venían a verme me lanzaba a contar anécdotas sobre él, y ella, aliada conmigo, se reía.
 Le cogí afecto, llegó a ser la hija que no tuve.
 Mi hijo y yo nos entendíamos sin hablar, lo cual resultó no pocas veces un problema, pues por no hablar, dábamos por hecho que nos entendíamos, y en eso nos dejamos de decir tantas cosas.
No obstante, hay certezas que superan el lenguaje, y sé que a día de hoy ella no le hace feliz. Adivino en él lo mismo que sentimos su madre y yo, pero ni ella es como mi mujer, ni él, por mucho que nos parezcamos, es yo.
Frente al espejo, durante tantas mañanas de mi ya extinta vida, pude diferenciar en mi rostro las expresiones de un día feliz de los estragos de alguno que no lo fue tanto, o de la apatía que reflejaba aquellos días que no lo fueron en absoluto. Y últimamente he percibido en él esa expresión, que se vuelve diaria, como una sombra, entre hastío y sorpresa que uno muestra a medida que va alzando, lentamente, el velo del conformismo de la cara de la felicidad.
  
Lágrimas de pena sincera se mezclan con llantos que aprovechan para emanar agolpando en esta mañana fría, como es cualquier mañana para el que muere.
Se va diluyendo lentamente esta voz como se mueve aquello que ha perdido el lastre de la prisa. No se me hace extraño morir. No es que estuviera preparado, pero sabía que ocurriría. Ahora ya sé el cómo.
Sobre mi cadáver se agolpan almas, porque los cuerpos son de otro mundo distinto al que ahora estoy. Solo puedo ver los ojos de aquellos que hacen que se revuelva algo en mi conciencia, una amistad sincera, algún rencor o palabra pendiente, algo en definitiva. Los demás son como almas difusas, hologramas sobre un fondo etéreo, sombras cuyo paso intuyo por una ligera brisa al pasar. Entre esas almas, hay nostalgias sinceras, recuerdos hermosos, olvidos irreversibles. Algunos lloran, otros apenas, algunos en absoluto.
Por lo demás, lo único extraño es ese rostro acongojado, de ojos verdes y limpios. Ese tipo de ojos que  uno mira una vez  y no olvida nunca. Pero no reconozco en él ningún recuerdo en común. Intento escudriñar cada rincón de mi memoria. Desde el principio, desde la escuela.
No consigo hallar un vínculo, he olvidado los nombres. ¿Por qué debe recordarme ese rostro a alguien?
No sé si el tiempo pasa, porque ya no hay noción, pero cuando llego, tras repasar mi vida desde la infancia, a mi último día, me doy cuenta de que muchos ya se han ido, que quedan unos pocos. Entre ellos el alma que lleva esa cara, esos ojos que por algún motivo no puedo olvidar, y que presiento que serán lo último que olvide antes de callarse del todo esta voz.
Hay un momento de mi vida en el que no he pensado, y es precisamente el último. Ahora puedo reconocer en esos ojos, en esa expresión entre indiferente y asustadiza, el rostro del hombre que me mató.




miércoles, septiembre 17

Pequeño mundo

A veces nos sentimos mundo, un mundo que se dilata hasta sentir que no cabe en el cuerpo, cierta premura por libar el sabor de vivir, otras veces nos sentimos ínfimos, como un suspiro leve en medio de una tormenta, como una hormiga en la hojarasca.
 A veces las palabras secuestran nuestra lengua y se vuelven infinitas, otras el diccionario se diluye en la bruma, y las palabras no existen.
A veces somos respuestas a las que luego hacemos preguntas, y otras, ciertas dudas de las que no sabemos dudar.

A veces somos miedo: cuando pequeños a sombras, historias, y sonidos; cuando mayores, en unas ocasiones al silencio, y en otras también al futuro, porque al contrario que nosotros se vuelve pequeño.

Adiós verano

Mengua

Menguan los pasillos
interminables de la infancia,
el tapiz de la magia
es ahora,
el escenario de la prisa

Solo crecen el mar
y el suspense de la luna,
solo el amor y las arrugas,
el inventario de las ausencias,
solo crece el cuerpo.

Decrece el infinito,
invadido de relojes,
los abrazos ilusorios
son ahora,
leves suspiros en la espalda.

Solo crecen las manos
y la geografía del vacío,
solo el polvo sigiloso,
la gris corteza de lo inmóvil,
solo crece el pasado.
Esa forma que tienes de decir no 
sin mirar a los ojos
 y que casi siempre significa
 indudablemente sí. 

Los recuerdos

Se esconden, se aletargan,
hasta que una señal de fuera
los hace bailar adentro.

Un olor, cierta música,
un pasaje entre renglones,
una tarde junto al mar.

Se tiñen, se disfrazan,
se adornan y se agrietan,
cada vez un poco más.

Así se diluyen, así renacen,
así zozobran y así vuelan...

Los recuerdos

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran