jueves, octubre 6
Hoy quiero romper todos los espejos cóncavos con besos en que mi cara no parezca yo, librarme de cualquier motivo para buscar motivos, quitarle el eco de mi voz a palabras que no son mías, volver poco frecuentes los lugares comunes, el miedo al miedo de tener miedo, mirar fotos de ayer para no olvidar cuánto de mí cabe en el equipaje del viaje hacia mañana, llevarme al niño, llevarme a mí, preparar la bienvenida para el anciano que algún día llegará para preguntarme cómo tracé su camino. Hoy voy a dormir conmigo aunque estés a mi lado, hoy voy a dormir conmigo, aunque no estés.
Hacer un inventario de cosas que olvidar, un cofre de experiencias, dejando hueco para tesoros por llegar, un témpano para congelar el aprendizaje de un futuro pasado, y si me quedan manos, espejos reticentes a ser empañados, un pincel para matizar las cicatrices, y un lápiz para llegar lo más cerca posible de la frontera donde acaban los renglones y comienza lo inefable.
El miedo al frío se combate desnudándose, el miedo al error se combate tropezando, el miedo a saber se diluye escuchándote, y a veces, lo que escuches será todo lo que tengas que saber.
La cosa está en saber si es la voz de la cabeza o la del corazón pues de tanto tiempo debatiéndose hablan con un timbre casi idéntico, y tú, al final, eres la conclusión transitoria de esa perpetua discusión.
Hacer un inventario de cosas que olvidar, un cofre de experiencias, dejando hueco para tesoros por llegar, un témpano para congelar el aprendizaje de un futuro pasado, y si me quedan manos, espejos reticentes a ser empañados, un pincel para matizar las cicatrices, y un lápiz para llegar lo más cerca posible de la frontera donde acaban los renglones y comienza lo inefable.
El miedo al frío se combate desnudándose, el miedo al error se combate tropezando, el miedo a saber se diluye escuchándote, y a veces, lo que escuches será todo lo que tengas que saber.
La cosa está en saber si es la voz de la cabeza o la del corazón pues de tanto tiempo debatiéndose hablan con un timbre casi idéntico, y tú, al final, eres la conclusión transitoria de esa perpetua discusión.
Estoy a punto de nacer.
Reconozco la luz aunque la vea por primera vez. Vine de la nada y llevo nueve meses durmiendo aquí dentro. Silencio, latidos, líquido y oscuridad.
Unas manos se acercan, se abre la puerta. Las voces suenan distinto que la música que a veces, a menos de un metro de piel de distancia, me llegaba desde afuera.
La misma mano que me dio la bienvenida, me da una bofetada para comprobar, si según lo previsto, antes de haber aprendido a vivir ya aprendí a llorar, y así saber, que todos mis sentidos han llegado conmigo.
Rostros que estarán y rostros que olvidaré, hay regazos y caras que eperaban mi llegada.
Ya estoy tranquilo. Empiezo a asimilar que estoy vivo pero no tengo palabras para saberlo.
Mis ojos se abren poco a poco, para ir disfrutando la luz a dosis pequeñas.
Ya sé parpadear.
Y en un parpadeo que a mí me parece más corto que el tiempo de un suspiro, más rápido que la luz, resulta que entre cerrar y abrir los ojos, han pasado 36 años.
Que en lugar de un parpadeo fue dormir, porque en el tiempo que tardé en parpadear, he conocido a gente que es digna de los sueños.
Por eso soy el primero en felicitarme.
Y no brindar con la copa medio vacía diciendo que si no tuviésemos fechas celebraríamos cada vez menos cosas.
Y brindar con la copa llena, diciendo que lo que más aprendes del mundo no está en los libros, sino en la gente, que en cierto modo, después de nacer, vienes entrenado para reconocer el sonido de puertas que se abren y diferenciar voces que hacen ruido de voces que hacen música, que el camino se trazará mejor si te acompañas de buenas manos, y que los mejores maestros tampoco están en los libros, sino en la gente que tanto te enseña sin saber cuánto te está enseñando.
...y nos dispersamos.
Siguiendo el tren de vida que hace que la vida se nos vaya en tren.
A ver si nos vemos.
Un día quedamos.
Y sabemos lo que es perdernos cuando volvemos a encontrarnos y nos decimos sin palabras, con una confirmación ansiada por los ojos, cuánto has cambiado pero sigues siendo tú.
Alguna cana, progenie o su ausencia, el pasado que nos ha crecido, distintas rutinas creadas para despistar a la sensación de rutina.
Y es que lo sabemos, pero como esas cosas que de tanto saberlas dejamos de pensarlas detenidamente, lo mejor del camino (de lo peor no vamos a hablar ahora) es la gente, los compañeros de huella.
Pero es que el camino se ensancha, trazado a veces según la forma de los moldes.
Y es fácil perderse, ir dejando que lo realmente importante se pueda postergar por lo obligatorio, y quizás pensar con esto que deberíamos tomarnos como obligatorio, lo realmente importante.
Grabarnos a fuego una ley que prohíba los intervalos demasiado largos con que distanciar los reencuentros.
lunes, junio 6
Lo más probable es que no volvamos a vernos jamás. Y si lo hacemos volveremos a vernos por primera vez. Sé que no voy a acercarme a ti porque sé que no va a sonar música de fondo. En dos o tres paradas este viaje llegará a su fin. No recordarás en dos minutos que había en el vagón alguien escribiendo en una libreta. Nuestros ojos se cruzaron un tiempo tan breve que tardaron aun menos en olvidarse. Poco después de ahora, cuando lea estas palabras que entonces no recordaré haber escrito....
Y ahora vengo a descubrir que a veces los oídos son más precisos que los ojos para ver al otro, que una mano en el hombro, a tiempo, adormece el vaivén desordenado de palabras no dichas que componen el puzzle de los silencios, que tropezar puede ser la forma que siempre buscaste para aprender a andar sin tropiezos, que caer de cara sobre el fango puede darte una mirada nueva con que ver el cielo abierto después de haber llovido tanto adentro.
Alguna que otra mañana parece que tus ánimos se quedan durmiendo mientras tú ya has comenzando a andar, conociendo hacia dónde, ignorando por qué.
Alguna mañana, no sabes si por prisa, sales al mundo aún con la noche en tu interior, con demasiada pereza como para correr y mucho sueño como para vivir, con demasiada extrañeza como para preguntarte y demasiado silencio como para buscar respuestas, con esa sensación de ser un bocado para el mundo. Vas a gritar y tu garganta se ha vuelto muda, quieres huir y tus cadenas son lo que quedó de tus alas.
Pero cuando deja de obsesionarte el horizonte es cuando te das cuenta que en realidad ya has llegado y lo único que ha ocurrido es que has dejado dormir tu paciencia.
Alguna mañana, no sabes si por prisa, sales al mundo aún con la noche en tu interior, con demasiada pereza como para correr y mucho sueño como para vivir, con demasiada extrañeza como para preguntarte y demasiado silencio como para buscar respuestas, con esa sensación de ser un bocado para el mundo. Vas a gritar y tu garganta se ha vuelto muda, quieres huir y tus cadenas son lo que quedó de tus alas.
Pero cuando deja de obsesionarte el horizonte es cuando te das cuenta que en realidad ya has llegado y lo único que ha ocurrido es que has dejado dormir tu paciencia.
lunes, diciembre 28
Humo
Hay amistades que la distancia no rompe. Hay otras para las que no hace falta distancia, solo tiempo, que es otra acepción de la distancia.
Y quizá no es tanto que se rompa, sino que se va como vino, con el imperceptible susurro con el que una ilusión se desvanece.
Hay afectos que se disipan como estaciones, basta un poco de silencio para que el silencio se perpetúe .
Hay silencios que abren la boca en el momento oportuno, y promesas para las que el momento oportuno siempre halla una excusa. Hay compañías que solo te buscan cuando se quedan solas.
Hay fotos de tu vida que son solo eso: fotos, pasado, recuerdo. Algunos que siguen pero no los sientes estar, otros que no ves pero siguen, promesas y certezas, lealtad y cortinas de humo.
A veces de pronto sientes (aunque quizá no es de pronto) despoblados los lugares comunes, un ayer cansado de no añadir historias al ahora, el sentimiento vacío del aire donde te dijeron que habría un hombro, una mano, unas alas, música.
Es el tiempo el que te dicta, en la amistad, quiénes son finalmente tus compañeros de viaje y qué paradas son solo estaciones de paso.
Y quizá no es tanto que se rompa, sino que se va como vino, con el imperceptible susurro con el que una ilusión se desvanece.
Hay afectos que se disipan como estaciones, basta un poco de silencio para que el silencio se perpetúe .
Hay silencios que abren la boca en el momento oportuno, y promesas para las que el momento oportuno siempre halla una excusa. Hay compañías que solo te buscan cuando se quedan solas.
Hay fotos de tu vida que son solo eso: fotos, pasado, recuerdo. Algunos que siguen pero no los sientes estar, otros que no ves pero siguen, promesas y certezas, lealtad y cortinas de humo.
A veces de pronto sientes (aunque quizá no es de pronto) despoblados los lugares comunes, un ayer cansado de no añadir historias al ahora, el sentimiento vacío del aire donde te dijeron que habría un hombro, una mano, unas alas, música.
Es el tiempo el que te dicta, en la amistad, quiénes son finalmente tus compañeros de viaje y qué paradas son solo estaciones de paso.
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Los recuerdos son espejos de las cosas como eran
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