domingo, diciembre 18



El tiempo siempre está como un niño jugando en el jardín.
Te olvidas que está ahí hasta que le entra hambre y toca la puerta.
Entonces lo recuerdas, y recordarlo es una asimilación.
Entonces el espejo parece nuevo en el viejo lugar donde nunca dejó de estar, y parece que al mirarlo es la espalda de alguien cuya marcha es hacia atrás.
Porque solo lo asumes después.
Cuando ya pasó.

 


Un día, serás como una estrella, un pequeño punto en la historia del infinito.
Una estela de luz como prueba de que estuviste en el espacio que ahora habitas.
Un día serás como una nube, hermosa, etérea y pasajera, un trazo caduco en el cielo, una silueta llegada desde el silencio en marcha hacia el silencio aprendiendo a dibujarse y desdibujarse una y mil veces por el camino.
Un día serás el suspiro de un sueño que suspira, un transeúnte del tiempo, un grano de polvo cósmico que brilla en el escenario de la eternidad.



La memoria es, unas veces, estar en un lugar sin dejar de estar en otro.En ocasiones es llegar al mismo sitio y comprobar qué queda y qué no.
La memoria es, unas veces, viajar desde el instante en que estás ahora, a algún instante del ayer en que no se deja de estar del todo.

 Cada día que pasa quizá tiendo más a fingirme menos.

No puedo negar que a veces, como a todos, se me escapa una postura, un saber estar aunque no esté del todo.
Y quizá mi silencio, aunque a veces se deba a un letargo de las palabras, es más propenso a la aceptación de que no tengo nada que decir en ese momento.
Y quizá mis respuestas se parezcan más a lo que pienso aunque, de corazón, desearía pensar distinto.
A veces maquillo la distancia como paso del tiempo y me complico al distraerse la idea de que es simple y llanamente distancia.
A veces mis palabras corren más que yo y al alcanzarlas descubro que se parecen más a lo que pienso que a lo que, a mi pesar, querría pensar.
Quizá comienzo a aprender a descoser los disfraces, a descorrer los telones entre adentro y afuera.
No hay más.
A veces no hay más.
No hay misterio en los silencios ni entrelíneas en las palabras.
Quizá lo que transmito no tiene un más allá.
Algo no me conmueve y no me muestro conmovido.
Algo no me trae de mis ensueños porque la voz no me convence más que los ensueños.
A veces la alegría se nota porque no hay más que alegría.
A veces la apatía se delata en mi gesto, porque simplemente no hay ánimo, aunque no siempre, pero sí más a veces que antes.
A veces no basta el recuerdo en común si solo hago yo por saber de ti.
Y me cansa.
Pero no me derrota.
Aprendo a prescindir de lo que no está presente.
A mirar de cerca la certeza de lo que se aleja.
De que no echo de menos lo que no siento echar de menos, diluyendo mitos y pedestales de lo que me repetí como imprescindible.
A veces me sorprende la facilidad para vivir con cuánto me da igual lo que creía fundamental, y la nostalgia otrora sobreestimada de cosas sin las que antes creía que me costaría más vivir.
Mi religión es el recuerdo, y ahí guardo los altares de las caras que volví sagradas.
Quizá no estoy espeso, es que no tengo más que decir.
Quizá me alegra verte, y mis palabras son sinceras, pero, de lo contrario, no pasa nada.
Hay que regar este ahora para tener recuerdos que revolver mañana.
Porque los de siempre ya no conmueven los resquicios ni las ascuas que quedan prenden llamas.

 



Escribir es contarle algo a alguien cuando no hay nadie.
Brindarle un vocabulario al paisaje de pensamientos en vaivén que se suceden bajo la piel, en los dominios de lo invisible, dictados mediante algo que no es del todo una voz, porque transcurre en silencio.
Abrirle las persianas, a lo que de otro modo, habitaría por siempre rincones en los que apenas
da la luz.
Los recuerdos que despertamos.
Las historias que inventamos, basadas en la vida propia o en mundos y transeúntes, cuyos bosquejos surgieron en algún momento de abstracción, de mirada adentro, en que las palabras, como de pronto, como aparecidas por explosión desde la nada, desde un lugar de nosotros en que no sabíamos que estaban, comenzaron a desparramarse en desbandada.
Como un río enloquecido.
Como un rayo de luz.
Como una señal en la niebla.
Escribir es como contarle algo a alguien que aún no está.
Que no sabes quién es, ni en qué cruce del futuro leerá unas líneas escritas en este presente que para entonces será parte del pasado.
Y dejar atrás todo lo que nunca se llega a escribir, todas esas ideas que sin aviso pasan a habitarte durante un suspiro tan fugaz que no llega ni a instante, mientras caminas, mientras avanzas por la carretera, al despertar o en ese letargo que precede al sueño y en el que permaneces en la frontera exacta entre un ser despierto que asimila que se está durmiendo y un ser dormido que antes de serlo del todo piensa que ya lo es. En el que vuelves a engañarte con la idea de que ese principio de novela, ese verso que abre la boca de otros versos no necesita que corras en busca de papel porque mañana va a seguir ahí.
Pero las palabras, siempre traviesas, juegan a esconderse, cuando saben que las buscas, y a invitarse cuando no las llamas.
Escribir es abrir las puertas del infinito al silencio con más vocabulario.
Concatenar ficciones y vivencias con forma de palabras mudas para las que el verbo leer es la metáfora de escuchar si esas palabras tomaran voz.

 Me enervan los flecos por cortar, las puertas entreabiertas, los umbrales en que no estás ni del todo dentro ni del todo fuera, a medias en algo y sin los dos pies del todo aquí o del todo allá.

Me abruma sentir la totalidad de lo incompleto, los matices indecisos entre un color y otro, las palabras insuficientes y los silencios excesivos, lo que parece y no termina de ser, lo que es y no termina de estar.

Me dejan más frío los abrazos que no abrasan, las llamas sin luz, el conformismo que disfraza la ilusión de la felicidad, los puentes que tiemblan y no terminan o de quedarse firmes, para pasar, o de derrumbarse, para saltar.

Me dejan mudo, los oídos ciegos, los ojos que quitan la mirada para no escuchar, las preguntas que no esperan respuesta sino que quieren confirmar las ideas que traen.

Me resisto a que cierren el paso las heridas abiertas, a que el ruido se coma la música, a que las brújulas se obstinen en un norte y dejen de mirar, como sale el sol.

sábado, octubre 22



Resulta una contradicción que con todo lo que hay dentro, los dedos se queden mudos ante el papel.
A veces las palabras juegan al escondite y cuesta un mundo encontrarlas, darle un sentido o un diccionario a lo que sucede bajo la piel.
Y es extraño que donde ahora contemplas un desierto se expandiera ayer un jardín.
Cuando parece que no cuesta nada la contradicción es otra, pues consigues expresarte pero todas las palabras del mundo son pocas, porque hay algo más inmenso que parece no caber en tu piel.
Ni las palabras de amor son bálsamo para el amor.
Ni las memorias de la tristeza alivian la tristeza.
Ni la alegría en verso es tan grande como la propia alegría.
Siempre se deja algo dentro, como si a medida que añadieras rincones al mapa de tu alma, crecieran los rincones para los que no hay brújula ni guía.
Como si necesitara salir de la jaula del cuerpo , todo lo que grita adentro.
Todo lo que llora.
Todo lo que ríe.
Todo lo que rabia.
Todo lo que baila.
Como si las palabras fueran apenas rasguños, cosquillas, suspiros en la piel de lo inefable.
No sé si entre sequía y sequía hay que preparar los resquicios baldíos para cuando vuelva a llover.
Ignoro cuántos naufragios me esperan mientras me debato entre conjugar escribir como un hábito de buscar las palabras o como una necesidad de encontrarlas.
No sé si los espejos son espejos cuando nadie se mira.
Pero supongo que las estrellas no se apreciarían así si no hubiese espacios vacíos entre ellas.



En los buenos momentos, que enorme sería poder pararse a observar la combinación de todo lo que se conjuga al mismo tiempo.

El tiempo que hace, la música que suena, la ráfaga fugaz de aire dulce que te recorre el ánimo, la persona que te acompaña, el sentido que, cuando deja de esconderse, parecen tener las cosas.
Como un matemático meticuloso, combinar la medida exacta de cada cosa que se da al mismo tiempo y que hace que el resultado sea uno de esos instantes que te llevas grabado en la memoria.
Claro que en los buenos momentos no estamos pendientes (o qué carajo importa) de si el cielo está abierto o pisamos los charcos, si la música es ruido o un milagro.
Lo más probable es que tampoco nos pararíamos a escudriñar cada matiz aislado que hace un conjunto casi perfecto, porque hay puzzles que solo completa el azar, y porque pudiendo hacerlo, entonces estaríamos poniendo en fuga nuestra atención en vivirlos.
Qué bueno sería, en los instantes que no dudarías en repetir, medir la fuerza que entonces parece inquebrantable, la abertura exacta de la boca necesaria para sentirte capaz de comerte el mundo, y convertir en un propósito suficiente para después lo bellos que nos vemos en los ratos que somos felices.
Cuando el tiempo parece un invento de los libros y los relojes, solo con que parezca no importar.
Cuando acaricias la sensación de que es bueno estar aquí aunque no entiendas nada, y tienes la certeza de que si hubieses escrito el guión de tu historia, sin duda esos renglones serían iguales.
Tal vez escribir sea un espejo de las cosas como son que no refleja necesariamente como son las cosas.
7



En los trazos de tu historia hay resquicios rasgados por el olvido.
También eres las cosas que no recuerdas, las líneas que delatan las grietas que separan las piezas de un puzzle.
No puedes explicar del todo ser tú, porque también hay cosas que te hacen serlo entre aquello que ya no sabes.
Te vales de fotos, algún poema y letras de canciones, te orientas usando como puntos cardinales los rostros que te despiertan recuerdos en común.
Las huellas de un tiempo que ya no está, son también señales de que el tiempo pasa y vuelve sin irse.
Se queda y pasas tú.
La memoria es el dibujo sobre el papel que al llegar traías en blanco.
El retrato a trazos intermitentes de lo que te ocurre y de lo que haces.
De lo invisible y lo palpable que te hace ser tú.
A veces me siento, con la mente en blanco a escribir.
Las palabras están como dormidas, calladas, taciturnas, tímidas.
Los pensamientos en vaivén son más rápidos que ellas.
A veces me siento, bolígrafo en mano, papel en los ojos, a esperar que vengan, aunque sea un poco contradictorio esperar algo que no se ha ido, que está ahí pero que no se asoma.
Entonces, como hice otras veces, y como estrategia de la que no debo abusar, comienzo a escribir, por qué no, sobre estos instantes en que te sientas a escribir y las palabras están como ausentes, perplejas, perdidas, como queriendo que el escribir se te ocurra escribiendo, igual que el amor crece amando o que los sueñan se alimentan durmiendo y se persiguen despierto.
Cuando no vienen las palabras quizá, pienso, deba salir a su encuentro escribiendo, por ejemplo, sobre esos días en que las palabras no vienen.
Sabiendo que es posible asimilar que, de cuando en cuando, simplemente, no las hay.

martes, junio 29

 A veces, simplemente, se cierran las persianas. Sin previo chirrido de bisagras que lo anuncie.

Por algún resquicio de luz adivinas lo que hay afuera. Ves las pancartas nuevas que anuncian viejos tópicos sobre amor propio y ajeno, sobre amigos, sobre el tiempo, sobre la vida como un tren.

Divisas los jardines que  parecen a una distancia mucho mayor que el grosor de una ventana, tan claros y tan lejos, como las estrellas. Pero hoy el olor no llega adentro para poblar los rincones.

Y da igual que adornes tus muros y fachadas de vivos colores, de frases que no practicas.

De lemas de los que no eres profeta y que solo delatan el deseo de serlo, o al menos la expectativa de predicarlo aunque sea un poco, para ser el primero en creerlo.

A veces, simplemente, las cosas están ahí, y lo que se hace polvo son las manos al intentar asirlas.

Y quieres salir a ser parte de aquello que ves tras el cristal, y descubres que también la puerta está reticente a abrirse.

Y sabes lo que tienes que hacer resolviendo la ecuación cuya solución es despertarse… volar… correr… . 

Y te percatas de que ahora son las fuerzas las que se han echado a dormir.

Porque sí. Porque a veces también ellas, necesitan descansar.

Y no está mal decirlo sin alarmas.

Sin miedo a que nadie gire la cabeza para no intuir aquello que alguna vez sintió ventanas adentro.

Que igual que hay días que las soluciones arrojan luz antes de pensarlas, hay otros en que las nubes pesan, en que las palabras son torpes al bailar porque no encuentran música.

Hay días en que la propia biografía parece la novela que escribió un extraño, en que hay un hilo que corta el aire que articula las palabras.

Y no pasa nada.

No pasa nada por permitirte treguas, por despojarte un tanto de la obligación del mensaje preciso, de la palabra correcta, de la expresión con que le buscas un diccionario a lo inefable.

No pasa nada por no entender a veces las cosas, o por no conseguir encontrarles el lenguaje con que describirlas, con que amortiguarlas, con que darles voz.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran