martes, diciembre 27

 … y luego la vida sigue.

Al final siempre sigue. No sabes cómo ni hacia dónde exactamente.

Se te cae el mundo, pero el mundo rebota y vuelve a su lugar.

Y la vida sigue. Como si nada a pesar de todo.

A velocidad constante, pero ritmo marcado por los ánimos.

Por un tiempo quieto tus pasos marcan huellas de instantes que si algo dejan recordarás y si se borran es porque no hubo nada que mereciera un recoveco de tu memoria.

Pasan los años por tu piel, danzando sobre el escenario de lo visible, y por dentro el baile es más lento.

Tanto cuando el dolor parece no acabar nunca, como cuando sientes que el placer se escurre entre los dedos, también la vida sigue.

Alentando la prisa o acomodando la espera, el tiempo nunca espera.

Acierto y error son el boceto de tu experiencia, decepciones de lo esperado y alegrías de lo repentino.

Como una balanza inquieta cuya medida de peso es el tiempo.

lunes, diciembre 26

 El lugar, el paisaje, lo que piensas en este instante…

Y tal vez no es lo que piensas, sino algo que leíste y que sonaba bien.

La cuestión no es tanto compartirlo como que ya no sabes vivir sin hacerlo, sin decirle al mundo dónde estás, qué haces.

La mayor contradicción del hábito, lo más sutil, es que se vuelve tan automático que la gran mayoría de las veces no lo piensas como un hábito,  casi como una adicción.

Cuando disfrutas de verdad lo cuentas después, porque estás, solo o con alguien, nutriéndote del instante, alimentando la cabeza, el corazón y los sentidos.

Cuando disfrutas de verdad se para el tiempo, olvidas el mundo, el teléfono, la imperiosa necesidad de contar a cada instante que disfrutas más que nadie, porque a veces, quizá, no hay más que el deseo inconsciente de creerlo uno mismo.

Los viejos tópicos existenciales de la necesidad de aprobación, de buscar palabras que formen frases que repitan lo que queremos creer y que tantas veces son lo contrario a lo que realmente sentimos.

Cuando nos sentimos frágiles respondemos, sin pregunta previa, lo fuertes que somos.

Cuando necesitamos a alguien, decimos lo bien que nos bastamos solos.

Una, diez, mil veces.

El problema no eres tú. El problema no soy yo. El problema es que todos, corremos a mostrarnos.

El problema es la de horas perdidas, hipnotizados, absortos, sedados, por tantos minutos de gloria.

¿No echas de menos a veces, quedarte a solas con el momento, con el paisaje, con lo que piensas?

¿No echas de menos que dé igual el mundo, que parezca detenerse y que todo sea por un instante solo y no más que el instante?


miércoles, diciembre 21

 Siempre el vocabulario fue más afín a mis dedos que a mi lengua. Y cambiaría, créeme que cambiaría, quemaría, borraría, negaría, cada verso escrito por toda frase que no supe decir a tiempo.

Créeme que cambiaría el papel por tus oídos, pero tus oídos no siempre estaban cerca, junto a mi cama o dentro de esa gaveta donde encuentro todas las cosas que han desaparecido.

Y muchas veces frunces el ceño ante las palabras que dicen lo mismo con otras palabras que te parecen tan bellas cuando las lees.

Para los ojos vendados, la desnudez no existe.

El pasado es una pieza del futuro. Y no siempre encaja. No siempre a lo aprendido le llega el momento de descubrirse, no siempre lo que perdiste se perdió del todo.


Atesoramos una enorme cantidad de materia alimento de la nada. Con el tiempo es el polvo sedentario su habitante más asiduo.

Objetos a los que les va sobrando más espacio a medida que se borran de la memoria.

Y no es más que la nostalgia de lo que vamos dejando de ser para confirmarnos cada cierto tiempo que seguimos siéndolo, como trucos que tenemos para recuperar todos esos recuerdos que no podemos cargar a la vez porque nos saturaríamos.

Abro aquel cajón y aparecen, sobre papel mate, fotografías de un ayer muy ayer; bajo esa vieja manta tuve mis primeros sueños; sobre esta mesa escribí algún día, sin saber que hoy escribiría sobre un día en que escribí, renglones olvidados cuya certeza es una mancha de tinta sobre la madera.

Cuadros, fotos, la entrada de un teatro que ya no existe, promesas cuya eternidad naufragó en un mar demasiado ancho como para unir dos orillas. Y es que a veces no hay distancia más vasta que el propio tiempo transcurrido.

Olores, el dardo más preciso de los recuerdos, canciones como mapa de una época, aquel libro al que guardas un afecto especial porque encerraba justo lo que en un momento dado necesitabas leer, y compruebas que tarde o temprano los fantasmas pueden vivir reconciliados con las alegrías.

lunes, diciembre 19

A veces pasa.

Te sientas a escribir, enfrentas el papel, y asumes que el vacío ha conquistado la distancia que separa tus adentros y el lenguaje.

Las palabras, como brújulas locas, zozobran perdidas tentando una orilla a la que parecerse.

Y cualquier punto que rozan, bosqueja un mapa desconocido, una gramática ajena, una foto que al revelarse muestra el paisaje de un lugar que no es el que intentas describir.

A veces pasa.

Que una membrana invisible atora las salidas por las que pensar y sentir salen al mundo hechas palabras.

Y sabes el qué pero extravías el cómo.

Que parece tu piel un espeso telón que no puede abrirse para dejar a la vista aquello invisible y que es más real que el teatro en que nuestro papel es el guión de cómo asumimos lo que hace de nosotros esta mezcla de tragedia, comedia y ficción.




Me resisto a pasar por la vida sin hacer el más mínimo ruido.

Y escribir no es otra cosa que mi forma de romper el silencio.

Asumo que seré cuando me vaya no más que una mota de polvo, un suspiro cósmico, un milímetro apenas de una de las piezas infinitas que se diluyen, como bruma transitoria, sin llegar de ningún lado y despareciendo como lo que nunca estuvo, en el olvido de la historia.

No hay pretensión ni esperanza de que mis palabras rebasen los límites de mi espacio en el tiempo, pues no soy más que una forma propia irrepetible (como tú, como todos) de ser algo parecido a lo que tantos otros fueron.

Un buscador de sentidos.

Un arrendador de mi cuerpo para que ocasionalmente se aloje la pereza.

Un poeta.

Un caminante sin brújula en atajos de norte perdido.

Mis sueños ya fueron de otros, pero esta es la única vez que los soñaré yo.

Viviré las cosas que otros ya vivieron, pero jamás en el mismo momento en que se viven las cosas.

Los dardos del azar ya dejaron cicatrices antes, pero esta es la única vez en que se adosan a los moldes de mi adentro.

Heredamos las preguntas de siempre con los ojos del nunca.

Mis recuerdos en cambio no se repitieron jamás en otra memoria, y nadie sin ser yo, podrá jugar con ellos. Mirarlos, mimarlos, querer que vuelvan, desear que se vayan.

Convertirlos en escritura…

Y sin embargo son tantas las veces, en que a pesar de saber todo esto, parece que viviera más como quien lo ha olvidado que como quien lo recuerda.

Y se deja llevar por esa tendencia a no dejarse simplemente llevar.

Y se deja noquear por la resignación ante la idea de que esto es simplemente un tránsito entre dos silencios.

No es ya tanto, te digo, por pensar que el futuro después de ti pueda esquivar tu huella, sino por decirte a ti mismo que hay algo ahí dentro.

Que hay alguien dentro.

Algo más que un mero latido de obsolescencia programada, un sobresalto que eluda la sensación de línea recta.




La oportunidad de intentar parecerte a esas frases y tópicos que disparas con la esperanza inconsciente de que por decirlas queden más cerca.

Y esto pasa.

Pregúntate aunque no entiendas.

Asómbrate aunque te acostumbres.

Deja algún escudo en tregua, algún resquicio de la corteza abierto a la opción de emocionarte.

De no conformarte.

De dudar.

De no dejar de querer aprender

Así sabrás, no solo que vives.

Si no que estás vivo.

Que aunque parece lo mismo, no lo es.


Ahora comienza de nuevo, el lento aprendizaje de la soledad, buscar a tientas una presencia y encontrar el hueco donde ahora duerme el vacío, respirar sin los suspiros que acompasan tus latidos.

Ahora empieza otra vez, el intentar comprender ese lenguaje raro con que habla la extrañeza, aprendido en camas que se hacen infinitas, en noches que parecen frías, de días que se hacen largos.

Ahora el futuro parece imposible porque parece un presente infinito, la asimilación de una ausencia donde lo que respira ya son solo los recuerdos.
Ahora es una vuelta al insomnio de intentar mantener dormidas las mil tentaciones de la necesidad, a conjugar torpemente el verbo echar de menos, porque poco importa todo lo demás.
 


 



COMO BENJAMIN BUTTOM

En lugar de aprender a relativizar la importancia de los granos de arena, nos volvemos fabricantes cada vez más minuciosos de montañas.
Cada vez repetimos más frases como mantras que practicábamos más cuando las ignorábamos, que ahora que somos supuestamente más sabios.
Y aprendemos en sentido directamente proporcional al paso del tiempo las conclusiones de la experiencia, viviendo en el día a día en el sentido totalmente opuesto.
Cada vez con más ceguera en el asombro, cada vez con menos espacio entregado al tiempo de las cosas importantes, con más peso en las ideas cuando supuestamente los años debieron enseñarnos que está cada vez más claro que son algo volátil, etéreo, algo absorbido y moldeado que asumimos como propio.
Con los oídos cada vez más desatentos.
Y la voz con cada vez menos tacto.
La vida nunca es mala maestra, pero nosotros, a veces, somos malos alumnos, que aprenden en función de lo que necesitan creer, de lo que creen saber.
Cada vez más conscientes de que la vida son instantes y cada vez dejando pasar los instantes con menos consciencia del paso, con más certeza del peso, cada vez más tópico el eco del valor de las pequeñas cosas y cada vez más expertos en rabiar con aquello que sabemos ( o quizás solo lo escuchamos y lo repetimos) que no podremos pasar por la aduana del último silencio y sin embargo nos empeñamos en cargarnos en la espalda el equipaje de lo tangible.
Quizá necesitamos saturados los espacios que ocupa lo superfluo para tapar el vacío entre momento y momento en que abrazamos lo que realmente nos llena, nos hace humanos, amigos, seres que viven más allá de existir.
Corremos.
Y mientras corremos como si no hubiese un mañana, como si incluso fuéramos más rápidos que las propias prisas que nos tiran de los pasos, nos repetimos eso de que las cosas con calma. de que todo es ahora.
Mientras creces, el ayer crece contigo.
Fenómenos únicos que no se repetirán nunca en el mismo aspecto y bajo la misma piel.
Eso somos.
Fracciones de tiempo.
Presencias transitorias del espacio.
Viviendo casi siempre al revés.
Cada vez con más manías y prejuicios. Cada vez más propensos a estallar con un suspiro, con una contradicción de nuestras convicciones.
Cada vez más cansados y menos dispuestos a salir a buscar, a agarrar de la mano, a todo aquello que decimos que el tiempo nos quita.
La capacidad de asombro.
Los ojos limpios.
La destreza para encontrar oro en las mal llamadas pequeñas cosas, que son las que hacen que a veces la vida es enorme.
Para mirarlas con una lente que no sea tan tardía como la lupa con que las observamos cuando solo son ya recuerdos.
Y engañar de cuando en cuando, el sentido en que camina el reloj.
Y al final, en lugar de pensar que lo entendemos todo, la conclusión debiera ser no entender las cosas, despreocupados precisamente porque no necesitamos saber nada de ellas.
Así vivirlas más, porque parecieran nuevas, sin el peso de la interpretación, destiladas de las conclusiones de la experiencia previa.


“ No sabemos qué nos pasa. Precisamente eso es lo que nos pasa”. A veces no necesitas otras palabras porque la frase que lo explica ya se inventó.

Así que ya lo dijo Ortega y Gasset.

Sucede que hay momentos en que no encuentras las palabras, o bien todas las posibles resultan insuficientes.

Te notas lo que se dice raro.

Y no es apatía, pero tampoco tristeza.

Y no es anhedonia, pero tampoco desgana.

No sabes si estás en pausa o en tránsito,

no sabes si estás en suspenso o ausente.

Saber algo nunca implicó necesariamente saber explicar ese algo.

Ni conseguir explicarlo implica que se esfume.

Rehuyes del tópico como consejo socorrido del lugar común.

Prefieres no hablar si la boca que pregunta no acostumbra a acompañarse de un oído paciente.

Prefieres contar hasta veinte, hasta cien, hasta mil, para que tu voz no arrastre aspereza.

Te sacuden la paciencia cosas que antes no conseguían ni hacerte cosquillas.

Te das cuenta, y ese es el primer paso, la primera oportunidad para respirar más despacio, para echarle un jarro de agua fría al humor que anda como somnoliento, a ver si empieza a abrir los ojos y la boca porque anhelas ver las cosas desde su perspectiva.

Porque piensas que si todos gritáramos cada vez que llevamos un erizo abierto en el adentro (como tantos hacen), que si todos disparásemos a discreción todos nuestros demonios porque tenemos un mal día, entonces tendríamos que admitir que el otro lo hiciera, y daríamos la razón por todas las veces en que no lo creímos justo.

Entonces haces funambulismo entre el tacto y la transparencia, entre la certeza y el impulso.

Pasa algo y dices no pasa nada, porque en realidad es como un cúmulo de todo para el que no hay diccionario.

Ni en el júbilo ni en el duelo las palabras llegan a ser más que la punta visible de aquello que nombran.

Ni en el amor alcanzan el amor.

Ni en la tristeza diluyen la tristeza.

Ni en el poema desvanecen las inquietudes del poeta.

Aunque consigan ser espejo, son el reflejo pero no quien se refleja.

Como ahora.

Como tantas veces en que precisamente lo que a uno le pasa es que no sabe lo que le pasa.

Y dices nada, y hay algo pero no sabrías cómo empezar, ni dónde acabaría, a tejer las palabras con que dar voz a ese cúmulo de todo.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran