viernes, julio 21

 


 

Julio Gil - Roldán Rodríguez nace en San Cristóbal de la Laguna en 1980, en el seno de una familia de tradición literaria. Fue lector desde temprana edad y a los 15 años comenzó a escribir. Si bien El azar de una calle cualquiera es su primera publicación editorial, en 2000 escribió la novela El nacimiento del aire, la cual, a día de hoy, ha conseguido recuperar con objeto de corregirla.
Desde 2006 hasta 2015 colaboró como articulista en el periódico Laguna Mensual, desde cuyas páginas comenzó a <<compartir su desnudez>>.
Y también en dicha década podrían fecharse gran parte de los escritos que componen su primera obra publicada.
Escritor de cuentos, relatos cortos y poemas, comienza, con el presente libro, su andadura en la publicación editorial.
Fue durante dos años coordinador de la iniciativa Café con letras, proyecto actualmente congelado pero no desvanecido.
Imparte ocasionalmente clases particulares de Lengua y Literatura Castellana, y es autor del blog Horas de Tinta.
El azar de una calle cualquiera (2016) y Autogeografía (2021) son sus dos títulos publicados hasta la fecha.


 Habrá más de mil momentos como este que no habrán existido nunca.

No habrá rastro en los papeles, en la memoria ni en el tiempo.

Porque no los recordaré.

Leeré esto que por entonces escribí sin saber cuándo ni qué me llevo a hacerlo.

Sin saber entonces  qué pensamiento o incertidumbre, qué velada nostalgia, qué nombre, qué ecuaciones vitales habitan en este instante mi cabeza.

Supondré que fue una noche, porque deduzco que para entonces seguiré con la tendencia de escribir más a esta hora, cuando el ruido se calla, y eso ayuda a que lo que me distrae son más ecos del adentro que sonidos de afuera, donde ahora solo parece existir el telón opaco del cielo.

Algún nombre que viene y va o que no quiere irse, y que no sé si será como los momentos, que al olvidarse, al borrarse del dibujo de la propia historia pasará a no haber existido nunca; si será alguna desventura que para entonces espero haber solucionado, cuando un día lea esto y no recuerde haberlo escrito.

Verano del 23.

No sé si está fecha prenderá luces que alumbren el álbum de fotos mental de lo que es a día de hoy mi vida, aunque ya a estas alturas del cuento, me consta que esos pequeños recuerdos que de cuando en cuando nos visitan desde ningún lugar haciendo escala hacia ningún lugar, más que fechas lo que alumbran son huellas de los pasos de un viaje solo de ida por las épocas de nuestra vida.

Hoy el mundo es inmenso, la vida extraña, y hago funambulismo a tientas sobre el oxímoron de encontrarme perdido.

Es un día raro. Quizá haya miles hasta que un día de pronto lea esto.

Sin saber qué día fue.

Sin reconocerme del todo en mis propias palabras, pero con una sensación similar a cuando tienes el pálpito de conocer de antes caras que antes no has visto nunca.

Ignoramos la mayoría de cosas e instantes precisos que nos hacen ser quien y como somos, y quedan subrayados, como resumen, solo aquellos renglones de la historia de nuestra vida marcados a tinta y fuego, como señales de luz en la bruma del tiempo.

Así que intuyo, solo intuyo porque no tengo pruebas, que mil noches como esta forjaron esa tendencia en mí, a tener noches como esta.

Esta noche de la que no me acordaré cuando un día (probablemente una noche), hojeando y ojeando mis escritos, encuentre estas palabras y haya olvidado que un día  escribí para recordarlas.

Y deduzca que como ahora, en otras probables noches parecidas, noches de insomnio nostálgico y palabras en los dedos, de versos atascados en poemas que no terminan de asomarse, estuve divagando, con la mirada perdida en la nada pensando un poco en todo.

miércoles, julio 19

 

De un tiempo a esta parte no me reconozco transitando por aquí.

Me quedo absorto, más de la cuenta, mirando hipnotizado las pantallas.

Pero lo hago como un acto reflejo, como un ritual cotidiano.

Así es el hábito: cuando lo reconoces ya es hábito.

A veces me inquieta pensar que esto está estudiado, que personas a las que nunca conoceré y para las que no soy más que una suerte de identidad binaria, buscaban conseguir precisamente este tipo de reacción: pasmo, morbo, compulsión, sedación, holograma del ego.

El problema no soy yo, ni eres tú, ni son los demás: el problema somos todos a la vez.

El minuto de gloria.

La fantasía no consciente de que el mundo entero se para a contemplar los fragmentos de la película de nuestra vida

Y al final esto resulta una analogía visual de ese murmullo ininteligible que resulta de muchas conversaciones cruzadas en una multitud. Se reconoce la voz humana o su compendio, pero no se procesa ni una sola palabra.

Pues eso es lo que sucede: es tanta información a la vez que llega un punto en que no retengo ni un detalle.

Porque miro sin ver. Porque oigo sin escuchar.

Porque cuando algo es tan insistente llega un punto en  que deja cerradas las ventanas a la sorpresa.

La muerte de Tina Turner, unos pies en la playa, la comida de ayer, tu perro, tu gato, maestros de todo saliendo de la nada, mi perro, mi gato, mi niño, tu abuela, tu novio, tu novia, vintage, baby step, vida slow, selfie, coaching, “profesiones” acabadas en –er, anglicismos por doquier, procrastinación, yoga, autoayuda, mi perro y tu perro juntos, el mar, el cielo, la noche, la fiesta, gente bailando, esta historia, un paisaje, el rumor dibujando a calco la verdad, las caras poniendo caras (literal y figurado), el atardecer que no contemplamos del todo porque estamos ocupados en correr a decir que estamos frente al atardecer, parejas que interrumpen el no mirarse para tomar una instantánea mirándose, antes de volver a ignorarse de nuevo, disfraces que dejan al descubierto precisamente aquello que desean cubrir, mantras baratos, postverdad, gurús, páginas de arte, algo de cultura………….

Todo a la vez.

Y este párrafo no es más que la primera línea

 

 

 

 

A veces uno merodea, en equilibrio, la frontera exacta entre las ganas de volar y las ganas de sentarse.
Alcanza en ocasiones ese punto frágil, volátil, endeble, en que una simple canción es capaz de emocionarle.
Y ahí, los papeles que emborronas te enseñan que tienes muchas más palabras de las que usas, y que hay mil formas de expresarse más allá del modo en que normalmente te expresas en el mundo cotidiano, donde el tiempo es más rápido que las manos, donde repartes en dosis exactas el amar la vida mucho y no entenderla apenas.
Donde todo va tan aprisa que a veces parece, que los ojos solo tienen tiempo para ver el rastro de luz presente de estrellas que ya fueron.
Y en ese punto exacto en que eres tan capaz de arrancarte a cantar como de emocionarte en silencio, es donde el simple hecho de estar vivo, la simple mirada en el espejo duda entre decir estoy aquí o preguntarlo.
Y es entonces cuando escribes sin pensar, como poseído porque parece que es la necesidad de escribir la que te piensa.
De que algo sin nombre preciso late adentro y estos instantes quizá no sean más que pausas en que te paras a escucharlos.
Entonces todo son preguntas, asombros y extrañezas abiertas, como rendijas por las que se cuela una luz que apunta sobre aquello que nunca te paras a pensar.
En aquello que tienes y aprecias poco porque te has acostumbrado a tenerlo, a que esté.
Quizá no hay peor veneno para el asombro que el hábito, ni peor ceguera para las pequeñas cosas que, con el tiempo, dejar de verlas enormes.
La clave, dicen, está en los detalles, en los matices, y de tanto verlos dejamos de verlos, perdiendo de vista, quizá el más importante, que es la certeza de que tenemos que alimentar la gratitud.

 

A veces tiene uno la noción de estar situado en medio de la vida sin entender nada.

Como si lo hubieran dejado a la deriva en medio de un planeta extraño. Sin instrucciones ni mapa.

Mira alrededor y percibe en los de siempre no solo todos los gestos y palabras familiares que los hace ser gente cercana, viejos conocidos, sino precisamente aquello que los hace extraños, seres con corazas y profundidades de los que  uno se da cuenta que sabe más bien poco.

Transita por las calles cotidianas como por un lugar extraño, ajeno al inventario de cosas en su sitio, y no son las calles ni lugares, sino la sensación de percibir que no habías visto cuanto de extraño tiene todo lo normal.

Extraño, sí, que todo camine como un reloj preciso dando vueltas en círculo y no haya una pausa, un atisbo al menos de alarma, de inquietud, de secreta insurrección, con el que uno encuentre otra forma, una opción disyuntiva, con que pasar por la existencia.

Nacer, crecer, pasar, morir.

Es algo que sabes todos los días pero que sólo recuerdas algunos como hoy: que no hay más que esta vida y te preguntas si es la que habías imaginado.

Y no se trata de tener lo que no tienes, ni amoldarse a las reglas no escritas de propia realización, porque hay quien tiene todo eso y también busca un sentido, una búsqueda no saciada de algo más.

No es el trabajo, no es el dinero, no es el amor, no es la saciedad de comodidades convertidas en necesidades con que tapar carencias.

Es como salirse de la rueda y verla girar desde fuera, pero con uno dentro.

 

Acabas de irte.

Me quedo solo. Pero no es la simple soledad de que no haya nadie más.

Digamos que me quedo más solo que solo. Como si la soledad (no sé si repetir una palabra más veces la hace más descriptiva) tuviera grados.

Me quedo con esa sensación de que escribir todo esto no habría sido necesario si lo que las palabras, torpe y vagamente, intentan ahora, al menos explicar un poco, hubiera salido, hubiera abierto de par en par el telón de mi piel, la niebla de mi voz.

La rapidez con que a veces deseo poder haber dicho antes lo que escribo después.

Tiendo a  darme cuenta tarde de las cosas, quizá no demasiado, pero si lo suficiente, como para que hayan dejado de ser las cosas y sean solo su recuerdo, la conjetura de lo que pudo haber sido de no haber no podido ser.

Ahora que aún tu silueta es un dibujo nítido que se atenúa calle abajo, que el mundo, el Universo, el tiempo, se han reducido a la perspectiva de mi ventana, todavía es pronto para echarte de menos y tarde para decirte que vuelvas cuando ya pasó ese momento fugaz en que debí decirte no te vayas.

jueves, julio 13

 De un tiempo a esta parte no me reconozco transitando por aquí.

Me quedo absorto, más de la cuenta, mirando hipnotizado las pantallas.

Pero lo hago como un acto reflejo, como un ritual cotidiano.

Así es el hábito: cuando lo reconoces ya es hábito.

A veces me inquieta pensar que esto está estudiado, que personas a las que nunca conoceré y para las que no soy más que una suerte de identidad binaria, buscaban conseguir precisamente este tipo de reacción: pasmo, morbo, compulsión, sedación, holograma del ego.

El problema no soy yo, ni eres tú, ni son los demás: el problema somos todos a la vez.

El minuto de gloria.

La fantasía no consciente de que el mundo entero se para a contemplar los fragmentos de la película de nuestra vida.

Lo cierto es que quien nos ve, se olvida al segundo de nuestra historia, tan pronto como aparece la siguiente.

Y al final esto resulta una analogía visual de ese murmullo ininteligible que resulta de muchas conversaciones cruzadas en una multitud. Se reconoce la voz humana o su compendio, pero no se procesa ni una sola palabra.

Pues eso es lo que sucede: es tanta información a la vez que llega un punto en que no retengo ni un detalle.

Porque miro sin ver. Porque oigo sin escuchar.

Porque cuando algo es tan insistente llega un punto en que deja cerradas las ventanas a la sorpresa.

La muerte de Tina Turner, ahora cantante favorita de todo el mundo, unos pies en la playa, la comida de ayer, tu perro, tu gato, maestros de todo saliendo de la nada, mi perro, mi gato, mi niño, tu abuela, tu novio, tu novia, vintage, baby step, vida slow, selfie, coaching, “profesiones” acabadas en –er, anglicismos por doquier, procrastinación, yoga, autoayuda, mi perro y tu perro juntos, el mar, el cielo, la noche, la fiesta, gente bailando, esta historia, un paisaje, el rumor dibujando a calco la verdad, las caras poniendo caras (literal y figurado), insistencia en lo que tienes que por reiteración deja al descubierto precisamente lo contrario, el atardecer que no contemplamos del todo porque estamos ocupados en correr a decir que estamos frente al atardecer.

Entretanto algo de cultura, algo que rescatar, algún talento oculto que antes de la inmediatez no tenía los medios para mostrarse, para cruzar las fronteras, pero para lo rescatable hay que pagar el precio de todo lo anterior.

El problema no es la calidad, que por supuesto es subjetiva, sino la cantidad, que de hecho es apabullante.

Profetas de lo banal con el ego reforzado por el halago fácil, gente sin oído haciendo música, gente sin lectura como maestra de la cultura.

Conclusión sencilla: si no hubiera quien consume humo, no habría quien vende humo.

Y en esto nos hemos convertido en una tribu en la que es más normal no prestarle atención a quien tienes al lado que no tener un perfil, un alter ego, un personaje que maquilla a la persona con las ficciones de como quiere ser vista, disparando frases y teorías como método, moralejas simplonas extraídas de manuales de autoayuda barata 

Ni está bien siempre lo que todos hacen, ni está bien siempre hacer precisamente lo contrario solo por subversión, sin convicción.

Pero a veces me planteo si hay alguna razón más para tener esto que la de que todo el mundo lo tiene, como si fuera una obligación, un anhelo de no salirse de la norma, de seguir la corriente. 

Hay dos maneras de dejarse llevar: una es queriendo, la otra es asumiendo que a veces tienes que hacerlo.

No me planteo crítica que no empiece por la autocrítica.

En mi caso me abruma la cantidad de tiempo perdido, la de cosas que miro sin querer mirarlas, sedado, absorto, sin pestañear, sin procesar.

Es una manera de llegar a cosas increíbles, a gente que hace cosas sorprendentes, pero para acceder a esto hay que pasar por todo lo demás.

La constante sensación de que si no lo compartimos todo, nada nos llena.


La de que quiero que sepas que estoy frente al paisaje mucho antes de pensar, primero, en disfrutarlo, en soltarlo, en desconectar como concepto real y no como un enunciado a pie de foto.

sábado, febrero 4

 Ayer escribí una carta.

Una de las de antes.

A mano. 

Dejando sobre el papel las siluetas de mi caligrafía trémula.

Ayer escribí una carta.

Le puse dirección de todas partes y ninguna.

Omití el remite, porque la carta dejaría de ser mía aunque la escribiese yo, en el momento en que la dejara libre para surcar los cielos, para cruzar los mares.

No fue una carta de amor ni de despedida, ni de contar nada nuevo a viejos conocidos.

Era una carta un poco sobre nada pero en el fondo un resumen de todo.

Sobre el simple hecho de estar y también  la sensación a veces de no sentirse estar.

Añoraba aquella huella en que quedaba algo de ti en la forma de tu escribir, en los borrones que despertaban la disyuntiva abierta de qué palabra borraste, qué letra era ilegible para que decidieras recomenzar las palabras de nuevo.

Ayer escribí una carta.

Quizá por cierta morriña de cómo era todo antes de la inmediatez.

Por esa intriga entre dulce y nerviosa de cuándo llegaría, esa espera a leer después los ahora que fueron los momentos en que saber de alguien se hacía esperar.

No acompañé sello de lugar alguno.

Palabras sin nombre ni destino en un sobre sin dueño.

Un viaje  solo de ida hacia nadie en concreto ni un lugar definido, sin vuelta porque no tendría a las manos de quien regresar. 

Un poco como la vida: un papel que empieza en blanco dentro de un sobre sin destino.

Echaba de menos la tinta, las marcas de los dedos, el contar algo con pausa, en ese tiempo que parece la prehistoria de esta prisa por correr a contarnos nada.

El cartero no tendrá en manos de quien dejarla estando huérfana de nombre, ni me será devuelta porque una vez la dejé en el buzón dejo de ser mía.

Extrañaba también, ahora que lo pienso ese sonido leve y tímido que hacían las cartas al caer al fondo, que me enseñó que no solo las voces, sino también los ruidos, a veces susurran.

No llegará quizá a ninguna parte. No sé si acabará en añicos, trizas o cenizas, si se echará a volar como el émulo en el aire del mensaje en una botella echada al mar, y llegará a la orilla de alguna puerta.

Solo sé que escribí una carta y solo sé que no sé de todo el porqué.

Solo sé que miento.

Ayer no escribí ninguna carta pero echaba de menos hacerlo.

Esa forma de expresarse las palabras que no suelen asomarse a la boca.

Leer en forma presente palabras de días atrás, sin el sonido de la voz, donde todo lo que se escuchaba venía desde nosotros mismos. Y no era otra cosa que el ruido que hacía el efecto de las palabras al mover las cosas que llevamos dentro.

martes, diciembre 27

 … y luego la vida sigue.

Al final siempre sigue. No sabes cómo ni hacia dónde exactamente.

Se te cae el mundo, pero el mundo rebota y vuelve a su lugar.

Y la vida sigue. Como si nada a pesar de todo.

A velocidad constante, pero ritmo marcado por los ánimos.

Por un tiempo quieto tus pasos marcan huellas de instantes que si algo dejan recordarás y si se borran es porque no hubo nada que mereciera un recoveco de tu memoria.

Pasan los años por tu piel, danzando sobre el escenario de lo visible, y por dentro el baile es más lento.

Tanto cuando el dolor parece no acabar nunca, como cuando sientes que el placer se escurre entre los dedos, también la vida sigue.

Alentando la prisa o acomodando la espera, el tiempo nunca espera.

Acierto y error son el boceto de tu experiencia, decepciones de lo esperado y alegrías de lo repentino.

Como una balanza inquieta cuya medida de peso es el tiempo.

lunes, diciembre 26

 El lugar, el paisaje, lo que piensas en este instante…

Y tal vez no es lo que piensas, sino algo que leíste y que sonaba bien.

La cuestión no es tanto compartirlo como que ya no sabes vivir sin hacerlo, sin decirle al mundo dónde estás, qué haces.

La mayor contradicción del hábito, lo más sutil, es que se vuelve tan automático que la gran mayoría de las veces no lo piensas como un hábito,  casi como una adicción.

Cuando disfrutas de verdad lo cuentas después, porque estás, solo o con alguien, nutriéndote del instante, alimentando la cabeza, el corazón y los sentidos.

Cuando disfrutas de verdad se para el tiempo, olvidas el mundo, el teléfono, la imperiosa necesidad de contar a cada instante que disfrutas más que nadie, porque a veces, quizá, no hay más que el deseo inconsciente de creerlo uno mismo.

Los viejos tópicos existenciales de la necesidad de aprobación, de buscar palabras que formen frases que repitan lo que queremos creer y que tantas veces son lo contrario a lo que realmente sentimos.

Cuando nos sentimos frágiles respondemos, sin pregunta previa, lo fuertes que somos.

Cuando necesitamos a alguien, decimos lo bien que nos bastamos solos.

Una, diez, mil veces.

El problema no eres tú. El problema no soy yo. El problema es que todos, corremos a mostrarnos.

El problema es la de horas perdidas, hipnotizados, absortos, sedados, por tantos minutos de gloria.

¿No echas de menos a veces, quedarte a solas con el momento, con el paisaje, con lo que piensas?

¿No echas de menos que dé igual el mundo, que parezca detenerse y que todo sea por un instante solo y no más que el instante?


miércoles, diciembre 21

 Siempre el vocabulario fue más afín a mis dedos que a mi lengua. Y cambiaría, créeme que cambiaría, quemaría, borraría, negaría, cada verso escrito por toda frase que no supe decir a tiempo.

Créeme que cambiaría el papel por tus oídos, pero tus oídos no siempre estaban cerca, junto a mi cama o dentro de esa gaveta donde encuentro todas las cosas que han desaparecido.

Y muchas veces frunces el ceño ante las palabras que dicen lo mismo con otras palabras que te parecen tan bellas cuando las lees.

Para los ojos vendados, la desnudez no existe.

El pasado es una pieza del futuro. Y no siempre encaja. No siempre a lo aprendido le llega el momento de descubrirse, no siempre lo que perdiste se perdió del todo.


Atesoramos una enorme cantidad de materia alimento de la nada. Con el tiempo es el polvo sedentario su habitante más asiduo.

Objetos a los que les va sobrando más espacio a medida que se borran de la memoria.

Y no es más que la nostalgia de lo que vamos dejando de ser para confirmarnos cada cierto tiempo que seguimos siéndolo, como trucos que tenemos para recuperar todos esos recuerdos que no podemos cargar a la vez porque nos saturaríamos.

Abro aquel cajón y aparecen, sobre papel mate, fotografías de un ayer muy ayer; bajo esa vieja manta tuve mis primeros sueños; sobre esta mesa escribí algún día, sin saber que hoy escribiría sobre un día en que escribí, renglones olvidados cuya certeza es una mancha de tinta sobre la madera.

Cuadros, fotos, la entrada de un teatro que ya no existe, promesas cuya eternidad naufragó en un mar demasiado ancho como para unir dos orillas. Y es que a veces no hay distancia más vasta que el propio tiempo transcurrido.

Olores, el dardo más preciso de los recuerdos, canciones como mapa de una época, aquel libro al que guardas un afecto especial porque encerraba justo lo que en un momento dado necesitabas leer, y compruebas que tarde o temprano los fantasmas pueden vivir reconciliados con las alegrías.

lunes, diciembre 19

A veces pasa.

Te sientas a escribir, enfrentas el papel, y asumes que el vacío ha conquistado la distancia que separa tus adentros y el lenguaje.

Las palabras, como brújulas locas, zozobran perdidas tentando una orilla a la que parecerse.

Y cualquier punto que rozan, bosqueja un mapa desconocido, una gramática ajena, una foto que al revelarse muestra el paisaje de un lugar que no es el que intentas describir.

A veces pasa.

Que una membrana invisible atora las salidas por las que pensar y sentir salen al mundo hechas palabras.

Y sabes el qué pero extravías el cómo.

Que parece tu piel un espeso telón que no puede abrirse para dejar a la vista aquello invisible y que es más real que el teatro en que nuestro papel es el guión de cómo asumimos lo que hace de nosotros esta mezcla de tragedia, comedia y ficción.




Me resisto a pasar por la vida sin hacer el más mínimo ruido.

Y escribir no es otra cosa que mi forma de romper el silencio.

Asumo que seré cuando me vaya no más que una mota de polvo, un suspiro cósmico, un milímetro apenas de una de las piezas infinitas que se diluyen, como bruma transitoria, sin llegar de ningún lado y despareciendo como lo que nunca estuvo, en el olvido de la historia.

No hay pretensión ni esperanza de que mis palabras rebasen los límites de mi espacio en el tiempo, pues no soy más que una forma propia irrepetible (como tú, como todos) de ser algo parecido a lo que tantos otros fueron.

Un buscador de sentidos.

Un arrendador de mi cuerpo para que ocasionalmente se aloje la pereza.

Un poeta.

Un caminante sin brújula en atajos de norte perdido.

Mis sueños ya fueron de otros, pero esta es la única vez que los soñaré yo.

Viviré las cosas que otros ya vivieron, pero jamás en el mismo momento en que se viven las cosas.

Los dardos del azar ya dejaron cicatrices antes, pero esta es la única vez en que se adosan a los moldes de mi adentro.

Heredamos las preguntas de siempre con los ojos del nunca.

Mis recuerdos en cambio no se repitieron jamás en otra memoria, y nadie sin ser yo, podrá jugar con ellos. Mirarlos, mimarlos, querer que vuelvan, desear que se vayan.

Convertirlos en escritura…

Y sin embargo son tantas las veces, en que a pesar de saber todo esto, parece que viviera más como quien lo ha olvidado que como quien lo recuerda.

Y se deja llevar por esa tendencia a no dejarse simplemente llevar.

Y se deja noquear por la resignación ante la idea de que esto es simplemente un tránsito entre dos silencios.

No es ya tanto, te digo, por pensar que el futuro después de ti pueda esquivar tu huella, sino por decirte a ti mismo que hay algo ahí dentro.

Que hay alguien dentro.

Algo más que un mero latido de obsolescencia programada, un sobresalto que eluda la sensación de línea recta.




La oportunidad de intentar parecerte a esas frases y tópicos que disparas con la esperanza inconsciente de que por decirlas queden más cerca.

Y esto pasa.

Pregúntate aunque no entiendas.

Asómbrate aunque te acostumbres.

Deja algún escudo en tregua, algún resquicio de la corteza abierto a la opción de emocionarte.

De no conformarte.

De dudar.

De no dejar de querer aprender

Así sabrás, no solo que vives.

Si no que estás vivo.

Que aunque parece lo mismo, no lo es.


Ahora comienza de nuevo, el lento aprendizaje de la soledad, buscar a tientas una presencia y encontrar el hueco donde ahora duerme el vacío, respirar sin los suspiros que acompasan tus latidos.

Ahora empieza otra vez, el intentar comprender ese lenguaje raro con que habla la extrañeza, aprendido en camas que se hacen infinitas, en noches que parecen frías, de días que se hacen largos.

Ahora el futuro parece imposible porque parece un presente infinito, la asimilación de una ausencia donde lo que respira ya son solo los recuerdos.
Ahora es una vuelta al insomnio de intentar mantener dormidas las mil tentaciones de la necesidad, a conjugar torpemente el verbo echar de menos, porque poco importa todo lo demás.
 


 



COMO BENJAMIN BUTTOM

En lugar de aprender a relativizar la importancia de los granos de arena, nos volvemos fabricantes cada vez más minuciosos de montañas.
Cada vez repetimos más frases como mantras que practicábamos más cuando las ignorábamos, que ahora que somos supuestamente más sabios.
Y aprendemos en sentido directamente proporcional al paso del tiempo las conclusiones de la experiencia, viviendo en el día a día en el sentido totalmente opuesto.
Cada vez con más ceguera en el asombro, cada vez con menos espacio entregado al tiempo de las cosas importantes, con más peso en las ideas cuando supuestamente los años debieron enseñarnos que está cada vez más claro que son algo volátil, etéreo, algo absorbido y moldeado que asumimos como propio.
Con los oídos cada vez más desatentos.
Y la voz con cada vez menos tacto.
La vida nunca es mala maestra, pero nosotros, a veces, somos malos alumnos, que aprenden en función de lo que necesitan creer, de lo que creen saber.
Cada vez más conscientes de que la vida son instantes y cada vez dejando pasar los instantes con menos consciencia del paso, con más certeza del peso, cada vez más tópico el eco del valor de las pequeñas cosas y cada vez más expertos en rabiar con aquello que sabemos ( o quizás solo lo escuchamos y lo repetimos) que no podremos pasar por la aduana del último silencio y sin embargo nos empeñamos en cargarnos en la espalda el equipaje de lo tangible.
Quizá necesitamos saturados los espacios que ocupa lo superfluo para tapar el vacío entre momento y momento en que abrazamos lo que realmente nos llena, nos hace humanos, amigos, seres que viven más allá de existir.
Corremos.
Y mientras corremos como si no hubiese un mañana, como si incluso fuéramos más rápidos que las propias prisas que nos tiran de los pasos, nos repetimos eso de que las cosas con calma. de que todo es ahora.
Mientras creces, el ayer crece contigo.
Fenómenos únicos que no se repetirán nunca en el mismo aspecto y bajo la misma piel.
Eso somos.
Fracciones de tiempo.
Presencias transitorias del espacio.
Viviendo casi siempre al revés.
Cada vez con más manías y prejuicios. Cada vez más propensos a estallar con un suspiro, con una contradicción de nuestras convicciones.
Cada vez más cansados y menos dispuestos a salir a buscar, a agarrar de la mano, a todo aquello que decimos que el tiempo nos quita.
La capacidad de asombro.
Los ojos limpios.
La destreza para encontrar oro en las mal llamadas pequeñas cosas, que son las que hacen que a veces la vida es enorme.
Para mirarlas con una lente que no sea tan tardía como la lupa con que las observamos cuando solo son ya recuerdos.
Y engañar de cuando en cuando, el sentido en que camina el reloj.
Y al final, en lugar de pensar que lo entendemos todo, la conclusión debiera ser no entender las cosas, despreocupados precisamente porque no necesitamos saber nada de ellas.
Así vivirlas más, porque parecieran nuevas, sin el peso de la interpretación, destiladas de las conclusiones de la experiencia previa.


“ No sabemos qué nos pasa. Precisamente eso es lo que nos pasa”. A veces no necesitas otras palabras porque la frase que lo explica ya se inventó.

Así que ya lo dijo Ortega y Gasset.

Sucede que hay momentos en que no encuentras las palabras, o bien todas las posibles resultan insuficientes.

Te notas lo que se dice raro.

Y no es apatía, pero tampoco tristeza.

Y no es anhedonia, pero tampoco desgana.

No sabes si estás en pausa o en tránsito,

no sabes si estás en suspenso o ausente.

Saber algo nunca implicó necesariamente saber explicar ese algo.

Ni conseguir explicarlo implica que se esfume.

Rehuyes del tópico como consejo socorrido del lugar común.

Prefieres no hablar si la boca que pregunta no acostumbra a acompañarse de un oído paciente.

Prefieres contar hasta veinte, hasta cien, hasta mil, para que tu voz no arrastre aspereza.

Te sacuden la paciencia cosas que antes no conseguían ni hacerte cosquillas.

Te das cuenta, y ese es el primer paso, la primera oportunidad para respirar más despacio, para echarle un jarro de agua fría al humor que anda como somnoliento, a ver si empieza a abrir los ojos y la boca porque anhelas ver las cosas desde su perspectiva.

Porque piensas que si todos gritáramos cada vez que llevamos un erizo abierto en el adentro (como tantos hacen), que si todos disparásemos a discreción todos nuestros demonios porque tenemos un mal día, entonces tendríamos que admitir que el otro lo hiciera, y daríamos la razón por todas las veces en que no lo creímos justo.

Entonces haces funambulismo entre el tacto y la transparencia, entre la certeza y el impulso.

Pasa algo y dices no pasa nada, porque en realidad es como un cúmulo de todo para el que no hay diccionario.

Ni en el júbilo ni en el duelo las palabras llegan a ser más que la punta visible de aquello que nombran.

Ni en el amor alcanzan el amor.

Ni en la tristeza diluyen la tristeza.

Ni en el poema desvanecen las inquietudes del poeta.

Aunque consigan ser espejo, son el reflejo pero no quien se refleja.

Como ahora.

Como tantas veces en que precisamente lo que a uno le pasa es que no sabe lo que le pasa.

Y dices nada, y hay algo pero no sabrías cómo empezar, ni dónde acabaría, a tejer las palabras con que dar voz a ese cúmulo de todo.

 Los recuerdos son espejos  de las cosas  como eran